sábado, 6 de diciembre de 2008

El fracaso de la educación

Opinión| 5 Dic 2008 - 8:18 pm
Por: Juan Carlos Botero Columna publicada por el periódico EL ESPECTADOR de Colombia
¿POR QUÉ SERÁ QUE NUESTRA SOCIEDAD nos educa para todo, menos para los temas realmente importantes de la vida?
No hay duda: el mundo invierte toneladas de recursos para convertir a sus ciudadanos en excelentes profesionales. Vamos a la escuela y luego a la universidad para salir con un diploma bajo el brazo que nos acredite como buenos abogados, ingenieros, médicos, científicos, economistas o arquitectos. Sin embargo, durante todo ese tiempo y aparte de alguna clase menor de comportamiento y civismo, no hay un solo curso, de calidad y hondura, que nos instruya en los aspectos esenciales de la vida. Por esa razón, llegamos a la edad adulta con los conocimientos básicos de nuestro oficio, pero en cambio no tenemos la menor idea de cómo ser buenos padres, buenos hijos, buenos amantes o buenos ciudadanos.
Es curioso. Culturas más antiguas a la nuestra eran sabias al respecto. Cuando Sócrates detenía a las personas en Atenas, en el siglo V a.C., y las invitaba a llevar a cabo el diálogo socrático, el preferido método del filósofo para educar a la gente (el cual buscaba no tanto una respuesta correcta sino, más bien, conducir a la persona, mediante preguntas claves, a la iluminación con respecto a un asunto de vital importancia), sus diálogos no giraban en torno a la profesión del individuo. Es decir, Sócrates no preguntaba cómo aumentar el volumen del comercio, o qué se necesitaba para ser un gran artesano, o qué remedio aliviaba los males del cuerpo, o cuáles leyes hacían falta para mejorar la calidad de vida en la polis. Sus preguntas se relacionaban con la filosofía y la ética. ¿Cuál es la mayor de las virtudes? ¿En qué consiste la felicidad? ¿Cuál es la diferencia entre el bien y el mal? ¿Qué hace que un hombre sea justo?
En otras palabras, para Sócrates (tal como lo recuerda Platón) la meta de la pedagogía era preparar al individuo en los terrenos más valiosos de la vida. Y es una lástima que esa función haya desaparecido en el mundo moderno. Por ese motivo, nuestras facultades no nos instruyen en los temas centrales de la existencia. Y si algo refleja el vacío y la orfandad que padecemos en esas materias, y a la vez nuestro afán de adquirir ese conocimiento fundamental y perentorio, es la proliferación de los libros de auto ayuda.
Ahora, conozco el contra argumento a esta tesis. La enseñanza de esa sabiduría tan definitiva para nuestro desarrollo como individuos no reposa en los centros educativos sino en dos instituciones milenarias: la Iglesia y la familia.
Sin embargo, al examinar los resultados, salta a la vista el fracaso de esas instituciones en el ejercicio de esa tarea. Y es lógico que así sea. Si los cursos prematrimoniales, por ejemplo, los dictan sacerdotes que nunca han construido una relación de pareja ni conocen los misterios de la sexualidad, su instrucción carece de substancia, realidad y experiencia. Y si hace pocos años estaba prohibido hablar sobre sexo en la familia común, uno de los asuntos más preciosos de la condición humana, entonces nuestras lagunas en esos temas parecen océanos sin fondo.
Es evidente que nuestra educación ha fracasado en su meta suprema. En vez de formar a la gente para convertirla en buenos seres humanos (personas éticas y morales, con el conocimiento necesario para ser buenos hijos, buenos esposos, buenos padres, buenos amantes y, ante todo, buenos ciudadanos), ésta nos ha educado, apenas, para ser buenos profesionales. Un solo aspecto de los muchos que integran al individuo. Y basta leer los titulares de cualquier periódico del mundo para comprobar el alcance de ese fracaso educativo.