jueves, 11 de diciembre de 2008

La educación: fuente de progreso sostenido

La educación no es prioridad de este Gobierno. Y lo más grave es que tampoco parece ser una prioridad de la sociedad.
Hace algún tiempo, un amigo argentino —que, por cierto, vive hace muchos años en Colombia—, un destacado profesional del campo de las comunicaciones vinculado a uno de los medios más prestigiosos del país, me contó que sus abuelos —italianos por un lado y españoles por el otro— llegaron a Buenos Aires en la primera mitad del siglo pasado huyendo de la guerra. Tres de ellos eran analfabetas y solo una abuela, que atendía una pequeña tienda en un puerto de Italia, tenía algunos conocimientos que le permitían, con dificultad, leer las etiquetas de los productos que ofrecía y llevar las cuentas de lo vendido. Dos generaciones después, me explica mi amigo, todos sus nietos tienen título universitario, y ninguno pagó un solo peso por la educación. “Sé que las cosas han cambiado en mi país —puntualizaba—, pero hasta hace algunos años a los argentinos nos producía cierta desconfianza contratar a un profesional que tuviera un diploma de una universidad privada. La gente comentaba que no estaba bien visto haber pagado por obtener ese cartón”. Lo confieso: esta historia me produce verdadera envidia. Y la traigo a colación porque a comienzos de esta semana encontré en el periódico una noticia que se titulaba ‘Encuesta rajó a la educación’. La nota hacía referencia al informe de la ONG Educación, Compromiso de Todos, con base en un sondeo realizado por la firma Napoleón Franco. Entre las principales conclusiones del estudio se destacaban la falta de inversión en educación, la deficiente gestión de los funcionarios encargados del tema y la insuficiente cobertura del sistema educativo. La mayoría de los ciudadanos encuestados se quejaba de la falta de calidad en la enseñanza y un 93 por ciento consideraba que la educación debería ser gratuita. Por supuesto, no era una noticia de primera página. Rara vez la educación clasifica para ocupar este lugar protagónico, que en esta ocasión estaba dedicado a los partidos de fútbol de la víspera, las más recientes trastadas de las Farc y —adivinen ustedes, estimados lectores: no es tan difícil imaginarlo— a los últimos detalles sobre el avance del referendo para reelegir nuevamente al presidente Álvaro Uribe. Si de verdad nos preocupara el tema de la educación, esta habría sido la noticia del día. Digo mal: si de verdad nos preocupara la educación, los resultados de la encuesta realizada por Napoleón Franco habrían sido muy diferentes. Quiero decir positivos, esperanzadores. Pero la educación, que es la verdadera fuente de un progreso sostenido, no es prioridad de este Gobierno, ni lo ha sido de los que lo han precedido. Y lo más grave es que tampoco parece ser una prioridad de la sociedad. Por eso me produce envidia la historia que me contó mi amigo argentino. Porque no creo que en este país sea muy fácil que los nietos de los que hoy no saben leer ni escribir puedan tener la esperanza de acceder a un título universitario y de convertirse en profesionales destacados, respetados y bien ubicados en el mercado laboral. No veo que, así como están las cosas, tengan la opción de escalar en la pirámide económica y social única y exclusivamente por cuenta de la educación ofrecida de manera gratuita por el Estado. Si le dedicáramos a la educación siquiera una parte de los esfuerzos, de los debates, de las noticias y del entusiasmo que le dedicamos al referendo de todos los días y a los partidos de fútbol del domingo, quizás podríamos empezar a ver luz al final del túnel.
Columna de opinión de Fernando Quiroz, publicada en la revista CAMBIO de Colombia en su edición del jueves 11 de diciembre de 2008