martes, 3 de noviembre de 2009

Ruben Blades en Cartagena de Indias

Ruben Blades en Cartagena de Indias
“Rubén Blades en Cartagena, crónica de un seguimiento”
Por HERIBERTO MARTÍNEZ BRITTON
hmartinezbritton@gmail.com
Todos estábamos a la espera de encontrarnos en algún recodo de la vida con el maestro Rubén Blades, el cantautor que en estos últimos treinta años habíamos tomado como paradigma de “voluntad, sacrificio y perseverancia”, de acuerdo con una educación de la mano del conocimiento y la comunicación.
Si él lo había y lo sigue logrando con su sencilla fórmula, no estábamos lejos los que comenzáramos temprano o tarde, a realizar cada cual sus ideales. No esperábamos al profeta, sino al mentor; no escuchábamos a un “virtuoso de la inteligencia” del que habla Machado y Ruiz, sino a un verdadero cómplice de la desatada “lujuria del conocimiento” que filosofa Eco.

En las aulas de la escuela, las factorías, en el transporte urbano, en el ambiente, la radio y los salones preñados de alegrías pasajeras estaba la música; y en ella, para los que escuchan sin bailar, estaba el mensaje. Y nos reservaba esa oportunidad, una calle de la gran manzana de Nueva York o la salida de un estudio hollywoodense; o quizás en aquel viejo parquecito al frente de su casa en Ciudad de Panamá.
Las razones del necesario viaje nos la daban los itinerarios y los inconvenientes surgidos con la exclusión de Cartagena de Indias, como sede de sus presentaciones en concierto desde 1979. Para agosto de 1984, con el éxito inmediato de su álbum “Buscando América”, vimos los cartageneros la más cercana oportunidad de conocer al cantautor de “Pedro Navaja”, al revolucionario letrista e innovador del sonido afrocubano, cuando se promocionó como gran primicia la presentación del cantante panameño en la placita de toros de “La Serrezuela” del barrio de San Diego, escala de una supuesta gira por varias ciudades del país, presentación nacional que resultó un fracaso por inconsistencias contractuales, se supo, que llevaron al artista a devolverse con su agrupación “Seis del Solar”, dieciséis horas después desde Bogotá a la ciudad de New York.
Ya en los 90 retornaría a los escenarios colombianos más seguidamente, a partir de 1992 hasta el 2004, en presentaciones reiteradas en las capitales Cali, Medellín y Bogotá. Es lógico colegir que su ausencia de esta heroica plaza se deba a la falta de empresarios interesados en el músico o en su inasible costo.
Sería por otras actividades y otros medios como llegaríamos hasta el compositor, político, cronista y visionario istmeño, investido, esta vez, como el más popular ministro de Turismo de su país. En el marco de la “XVII Asamblea general de turismo mundial”, reunida en Cartagena de Indias, el mes de noviembre de 2007, los amigos del “Grupo Bladiano de Cartagena”, especie de cofradía interdisciplinaria, que, bajo el pretexto de compartir músicas y conocimientos de la obra de Blades, nos enredábamos en la descodificación de la cultura e historiografía del continente americano aún por conocer; y haciendo cábalas de cómo se adelantaría tal empresa, el anhelado acercamiento, con Rubén el músico-ministro o viceversa: con el alto funcionario y licenciado Blades o el viejo pana Rubén, el crónista urbano.
Debíamos anotar parte de su carácter amable o cáustico a la altura de las circunstancias; y no queríamos cometer errores en esa oportunidad única e irrepetible.
Contábamos con las experiencias del periodista y amigo Nicolás Contreras, quien en 1994 logró la hazaña de entrevistar, por más de 90 minutos, al maestro en su visita a la ciudad de Barranquilla, de la cual se conserva esa conversación esclarecedora sobre sus estudios y vocación literaria, todavía inédita; de Rubén Darío Álvarez, también periodista, quien, a la víspera, como reportero del periódico El Universal de Cartagena, había logrado cubrir la presencia del ministro panameño en el magno evento internacional; y, además, había conversado sobre el interés del grupo por entrevistarse con él.
—¿Bladiano? ¿Qué significa eso?, le pregunto al periodista.
—Es una inflexión de Blades, su apellido, maestro”.
—Aaah...!— atinó a responder incrédulo, me cuenta Álvarez, mientras caminaban por el Camellón de los Mártires con rumbo a la Plaza de la Aduana. Al día siguiente salió la noticia de la presencia del ilustre visitante en el marco de la susodicha asamblea general, en la que enfatizaba, entre otras cosas, que no hablaría de música, “porque ahora soy servidor público y no quiero confundir a la gente. No tengo nada que decir sobre música o cine, porque no estoy trabajando en eso”.
Posición aquella encomiable y, por lo tanto, aún más difícil para el objetivo dispuesto de terminar la grabación del documental “De San Felipe a Getsemaní, la ruta bladiana”, sobre la vigencia de la música de Rubén Blades en Cartagena, dirigida por el documentalista Rodrigo Ramírez, que venía grabando el grupo desde junio del 2006 y, cuyo final obligatorio, consiste en la reunión con el sonero y actor, en Cartagena o en Panamá.
A las ocho de la mañana del 27 de noviembre, Rubén Darío, me avisa que el filósofo-ministro asistiría a las sesiones a efectuarse en el Centro Internacional de Convenciones, a un paso, precisamente, de mi casa en el barrio Getsemaní y que “puye el burro pa' llá”. Bajo el inclemente sol de las 10:00 de la mañana, me dispuse a esperar a Rubén, el periodista, frente al “monumental mausoleo” con una carga a cuestas: siete libros de distintas materias que venía degustando para compartir lecturas con el hoy ministro panameño.
El sol, las barbas, el morral, la espera de pie, los acomodadores, vigilantes y policías a mi alrededor, no logran persuadir mi disposición. El periodista se acerca y me dice que habló con Rubén sobre mí, que le obsequió y dedicó su libro de crónicas “Noticias de un poco de gente que nadie conoce”, que el maestro elogió el título “largo” y que lo leería, pero que no podía atenderme porque entraría en sesión y no sabía cuándo saldría y me recomendó con su asistente, para cualquier tipo de eventualidad.
Son las 11:30. La sofocación ha hecho mella en mi organismo, y no veo la manera de cómo salir adelante con la entrega de los libros a su destinatario. Estoy al centro, en un grupo de periodistas que han salido y que se disponen a partir a sus lugares de trabajo, cuando se acerca un bien vestido coordinador y nos informa que el ministerio de Comercio Exterior colombiano, tiene un almuerzo en un hotel de la ciudad a las 2:00 p.m., y que los periodistas son los invitados. Le digo a Rubén, el periodista, que hablemos de mi asunto con el tipo, y nos acercamos. Le informo que soy admirador del cantante- ministro y que he traído unos libros para obsequiárselos, y que si él me puede ayudar en ese cometido. Me responde que lo acompañe y entramos al gran mausoleo y me presenta en recepción. Haciendo indicaciones, se retira dejándome, en medio, para mi ventura, del mejor aíre refrigerado de la ciudad.
—¿Es usted periodista?—, pregunta la recepcionista.
—No, señorita.
—¿Se va a registrar como periodista? —insiste.
—No, señorita.
—¿De qué diario internacional o nacional es corresponsal?
—No. Sólo deseo inscribirme como observador.
—¿Usted diligenció eso ante el Ministerio?
—No, señorita, apenas hoy.
—¿A qué organización representa?
—Al Grupo Bladiano.
—¿Qué es eso?
-—Un grupo cultural de América, con sede en esta ciudad.
—Mire, señor, son las 12:30 m. ¿Sería tan amable de regresar a las 3:00 p.m.? Porque la persona encargada ya salió a almorzar.
Doy un “gracias, señorita”. Parto de allí con mi tristeza a cuestas, a enfrentar el eterno verano cartagenero, el sol canicular que no da tregua y camino ganando la Iglesia de la Tercera Orden, doblo por “Quiebracanto” y sigo por la Media Luna, en medio de pitos, motos y smog, hasta la calle de Las Maravillas, donde vivo.
Son las tres en punto de la tarde. De pie en la recepción, el encargado me hace el mismo interrogatorio inicial, con una variante:
—¿Usted no aparece registrado, señor?
—Sí, desde luego. Me voy a inscribir ahora.
—¿Es usted periodista?
—No, señor, soy solo abogado; y me han citado a esta hora para la inscripción.
—¿Quién lo citó?
—Una señorita de aquí y que ahora no veo.
—Entonces, llamemos al coordinador con el que habló esta mañana.
Habla de mi nombre con monosílabos: sí, no, sí.
—El señor dice que no lo conoce.
—Claro, no me conoce, porque quiero registrarme como observador y no lo he hecho como periodista.
Mientras eso pasa, ha llegado un asistente indicándole al recepcionista que esta al “Avantel” otro coordinador. Le informa mi nombre, y otra vez se deja escuchar el sí, el no, el sí... Y finalmente, mirándome a los ojos, el recepcionista, con amabilidad a toda prueba, me pregunta con las manos en el ordenador:
—¿De qué periódico viene usted?
Hago silencio, miro a los cuatro puntos cardinales sin olvidar el cieloraso y el piso. Hacia la puerta de entrada o de salida, al sol, a la calle, a la desesperanza. Con un susurro, dejo escuchar que vengo de El Universal. Y en menos de un minuto me hace entrega de la credencial, pensando en las sorpresas que da la vida, me la cuelgo. Y digo:
—Gracias.
—¿Sabe dónde queda la sala de prensa?— me pregunta el recepcionista.
Contesto que no sé. Uno de los asistentes me conduce a la flamante sala, ubicada en el primer piso. No creo lo que me ha pasado. Veo a los corresponsales frente a sus computadores, envían videos, cubren o despachan en directo en varios idiomas el magno acontecimiento, apegados a sus celulares y a los teléfonos fijos, en un ambiente de camaradería. Hasta ese momento no conozco a nadie o nadie me conoce a mí. Me aventuro a salir y me encuentro con una nevera repleta de refrescos y de agua. Estoy deshidratado. Con retraimiento pregunto:
—¿Cuánto cuestan?
—Nada, señor —dice el encargado— Coja las que quiera. Y, además, coma de aquí, si desea. Hay bocadillos de atún y de pollo y muchos dulces.
Se hacen las 5:00 p.m. He paseado por los salones y he visto parte de la sesión y no hay rastro del ministro-salsero por ningún lado. No me dan ganas de volver a la sala de prensa, ni a las gaseosas y viandas. Me detengo frente al mural del maestro Enrique Grau, y veo otro panorama de la ciudad que se ha ido, las piernazas, la desproporción y la espontaneidad de la Reina Popular, que no volverán. Bajo con desgano las escalas que van a la recepción y a la salida. Me despido del encargado y salgo. Esa tarde el Ministro se fue en cambio al Teatro Heredia-Adolfo Mejía, no al gran mausoleo de la Asamblea.
Con los amigos Rubén Darío y Rodrigo, recorrimos la noche cartagenera, tratando de encontrar por casualidad al maestro sentado en la Plaza Santo Domingo o en la de San Diego, caminando alguna callejuela. En aquel momento recordábamos el pensamiento que nos había alimentado durante años despachados en canciones: “...estudia, sé gente primero, ahí está la salvación..”; “...trabajando buscando el nuevo camino, orgulloso de tu herencia y de ser latinos...”; “...de una raza unida, la que Bolívar soñó...”; “...no hay bala que mate la verdad si la defiende la razón”...; “...el que trata no fracasa con el alma y ni con la mente...”; “...prohibido olvidar...”; “...sin tu cariño son de cartón todas las estrellas...”; “...los blancos huesos pueden ser de cualquier raza...”; “...si la muerte no discrimina, entonces que la vida tampoco lo haga...”
Y Rubén, contagiado con tantas frases musicales, con su voz de trovador provinciano, remata su preferida: “...no sé si es la borrachera o qué es lo que está pasando, pero creo que hasta la ropa del balcón está bailando...”; con remembranzas de olores, sabores, colores y esperanzas, caminamos hasta las 11:00 p.m., y cada uno con sus sueños nos fuimos a nuestras casas a descansar.
Antes de incorporarme esa mañana, ya estaba Rubén el periodista avisando que me dirigiera “como un tubo” para el Teatro Heredia-Adolfo Mejía, que allí se reuniría el ministro-artista para una entrevista con la prensa y nos atendería, según una información de surgida en la noche de ayer. Así que salí disparado a las ocho de esa mañana, para el lugar indicado, y lo que encuentro es un simposio de las altas Cortes de Justicia, académicos y funcionarios de alto nivel, dando entrevistas y demás.
¿Dónde está Rubén el ministro-actor? ¿Será que me equivoque nuevamente? Hago averiguaciones y me doy con un antiguo profesor universitario:
—¿Qué hay, Heriberto? ¿Vienes al simposio? Es de Constitucional.
—Hombe, doctor, me alegro mucho en verlo. Es que estoy buscando al ministro de Turismo de Panamá, Rubén Blades, para entregarle estos libros, que me he prometido regalárselos a él.
El apresurado magistrado me mira y dice:
—¿El ministro pertenece a esto?
—No. Claro que le gustaría, doctor. Es que me dijeron que lo encontraría aquí esta mañana.
—¿Y quién es él? —cuestiona con cierta curiosidad.
—Blades, el autor de “Pedro Navaja”— Contesto.
—¡Aaah! —asiente un poco caviloso y sorprendido el académico. Y nos despedimos con la misma premura.
En medio de la reunión de los pesos pesados de la justicia y de la política, retirado bajo la sombra de un árbol que no lo ampara del sol que a esa hora comienza a acelerar sus motores, está el amigo Fidel Leothaou, como la mayoría lo conoce, con sus bermudas y chanclas y camisa a cuadros.
Se habrá dado cita para tomarse fotografías con vedettes de la izquierda y derecha del país. Lo veo armado con su cámara digital, y no puedo pensar que él pierda el tiempo correteando a políticos. Me mira y se sonríe y sé que está allí en busca del ministro-poeta, como a esa hora lo estaba yo.
Congeniamos nuestras vencidas causas y nos enrumbamos bordeando la sombra por la calle de Don Sancho, buscando la esquina del Portal de los Dulces, donde se ubica su negocio “Donde Fidel”, el mejor rumbeadero de la ciudad, en términos populares.
Nos despedimos sin antes asegurarle que él se haría la foto con el maestro para su galería, una de las más completas del país. Bastante mojado por el sudor me dirijo atravesando el Muelle de las Ánimas en dirección a la sede de la Asamblea. El sol de las once cae a raudales por la espalda y hace proyectar una sombrita lánguida, mi sombra desfigurada por la prisa, la que persigo tratando de alcanzar (y me da risa la ocurrencia, tal Cortázar, posibilitado de vestir una sombra) y seguro que llegará más lejos que yo. Ad portas del Centro de Convenciones, me acicalo la camisa y cuelgo del cuello la credencial de periodista y entro salvarme de la hoguera callejera al clima acondicionado del gran mausoleo.
Me dirijo a la sala de la prensa y busco al amigo Rubén, el periodista, quien me informa que habló con el asistente del ministro-pintor, y este le ha dicho que me avise que el cantante no llegará a la sede de la Asamblea, que descansa, que le lleve los libros y se los deje en la recepción del hotel, pero que no puede atenderme.
Así las cosas, me siento en una amplia mesa de la sala, y me dispongo a escribirle al maestro el desacierto de no poderlo saludar en persona. Olvidando la responsabilidad de mi credencial, una periodista me interroga sobre la nacionalidad del periódico que represento. Quiere saber si vengo de “El Universal de Caracas” o del mismo nombre de la capital mexicana; o bien de nuestro diario cartagenero. Y le manifiesto que soy del de aquí, “El Universal”.
Me mira e inquiere:
—No lo he visto allí. ¿Cómo se llama?
Le digo mi nombre y no le suena. Me dice, entonces, que ha dejado de trabajar a penas el mes pasado, para mi tranquilidad. Le contesto que estoy recién en esto y que cubro la asamblea como enviado especial. Con amabilidad me responde que estará pendiente para cuando salga mi artículo; y me deja preocupado y el texto en blanco que trato de argumentarle al ministro.
He terminado mi carta con un sin número de confesiones sinceras, en especial aquella del aporte de la familia Britton y la construcción del Canal y de la nación panameña desde la docencia, de nuestro mártir Floyd Britton Morrison, líder de banderas estudiantiles desaparecido por la dictadura en 1969, pero creo en últimas entregársela o suprimirla o corregirla en la penúltima lectura. El tiempo riela, ese invento inexistente vibra por todo el claustro, más allá de las ánimas del muelle, más allá del reloj de la torre, más allá de las ilusiones sofocadas en el sol cartagenero; y me preparo para emprender el viaje final con los libros al hotel de Bocagrande, donde se hospeda el ilustre huésped.
Son las doce meridiano y no tengo cinco centavos en los bolsillos. ¿Cómo llegar hasta allí? No a pie bajo el sol ustorio. Doy la última vuelta de la que será mi improvisada actividad periodística.
Subo a la reunión de la Asamblea, encuentro casi vacío el gran salón Barahona y la ausencia absoluta de la delegación venezolana y panameña vecinas en la enorme mesa.
Observo a los africanos elegantes con sus vestidos de corte inglés, al igual que los iraquíes e iraníes, desenvolviéndose en perfecto inglés y francés. Pocas mujeres, casi nada de mujeres en la Asamblea o a esa hora del día de clausura.
Un vigilante me llama por mi nombre y apellido y no lo reconozco. Me han descubierto en esa apagada rutina en la que no he sido el que digo ser. Pero me le acerco y es Ramoncito Gutiérrez, quien me abraza y me dice que no ha visto al ministro a esa hora, pero que le ha hablado de mí esa mañana y se han tomado una foto con su celular, que yo celebro. Le informo de lo que debo hacer para entregar los libros, y contento me facilita los dos mil pesos para el bus. Salgo repitiendo las mismas vueltas hacia la salida del gran mausoleo.
En el camino me encuentro con una serie de periodistas de radio apostados en la salida, que observan la credencial que me identifica. Me informan que van a un almuerzo por invitación de un ministerio colombiano; y preguntan que por qué que no voy. Les contesto que mi ruta es a Bocagrande, al asunto de los libros. Pregunto que si ese almuerzo no era ayer. Me dice el más gordito, compañero fue trasladado para hoy y es para los periodistas, allá en un hotel de La Boquilla y que esperan el transporte.
Pienso en lo distante que está la ruta de buses, en el cruel sol que azota en medio del día cartagenero, en la fatiga y la cercanía al aeropuerto, el lugar del almuerzo. Entonces decido acompañar a los colegas hasta ese lugar de accidentales comensales, no sin mi cortesía y pundonor.
Son dos días de ajetreos en los que no he alcanzado la meta de encontrarme con Blades y el tiempo se agota. Es así que me monto en el pequeño bus refrigerado que nos llevará a degustar las viandas que brinda el Gobierno, con el grupo de nuevos contertulios.
Viajamos bordeando las playas de la Tenaza y Marbella, hasta el famoso hotel. Dispuesta la mesa con entradas, vinos y agua y cerveza, reina en la estancia un silencio de apetito. Y cada quien se concentra, entonces, en saborear lo extravagante del plato fuerte: merluza en salsa marinera con arroz de espinacas, y comento que si no fuera la especialidad del día, a lo mejor seguro se lo criticaríamos y rechazaríamos a nuestras esposas, por verde y aguado.
Los periodistas se ríen y corroboran el sarcástico comentario con otras observaciones no menos joviales. Se ha roto el hielo y hablamos de Chávez, de la Asamblea, de la política local y hasta de deportes. Van a ser las tres en punto de la tarde, y existe en el ambiente una llenura y casi todas las cosas son posibles.
Nos incorporamos el grupo de seis, como iluminadas y robustas estrellas y nos dirigimos al autobús que nos regresará a nuestra dieta popular, a los oficios del gran mausoleo de convenciones. Y en ese camino pido quedarme en el “Aeropuerto Internacional Rafael Núñez”, a un paso de La Boquilla y de su creciente modernidad turística y resquebrajamiento social.
Me preguntan mis colegas que para dónde voy. Les contesto que voy a saludar a un amigo que se va. Responden que me esperan en el gran mausoleo para la clausura del magno evento, y les contesto que allá no vemos. Bajo al pavimento, guardo la escarapela de esta experiencia y me abro paso al alcance de la estrella salsera, investido de ministro, quien se prepara para salir, para despedirse de la ciudad, sin más ni más.
Observo que Rubén Blades Bellido de Luna, y su colaborador, hacen fila para el registro de pasabordo ante el stand de la línea aérea internacional en que regresaran a su país. Ya han pasado los controles de inspección de equipajes y se disponen a esperar su turno de identificación final para entrar a la sala de espera.
Llamo su atención con un “Saludos, maestro”. Rubén, sin ganas, alza el brazo izquierdo y me saluda. Continúo:
—Maestro, por favor, ¿sería tan amable de recibir unos obsequios que he traído para usted?
Rubén me mira detrás de unos lentes oscuros. Usa un gabán de cuero café y lo noto más alto y corpulento, a diferencia de como lo conocemos pintado y fotografiado por la farándula internacional.
Rubén me lanza entonces un “Oye chico, yo no recibo obsequios de nadie...” Y sigue: “No quiero verme envuelto en problemas jurídicos con ...-” Palabras ininteligibles pero que puede escuchar su asistente. Y recuerdo que es, desde luego, preocupante recibir paquetes de extraños, máxime en ese muelle internacional.
Con la conexión del tráfico de drogas y de las “mulas” extranjeras y nacionales que toman su abordaje desde esta ciudad y los factores de inseguridad generados desde el aciago 11 de septiembre. Craso error, me lamento. Ya confundido, me dispongo a desempacar los libros de sus bolsas originales para aguardar el segundo intento de entregárselos a su destinatario natural.
De espaldas, trabajo en la desenvoltura de los libros y con la mente atiborrada de ideas y decepciones. Vuelve una voz conciliadora me habla: “ Hey, amigo...Mire amigo...” Me acerco a la división que separa a los viajandos del público general y me topo con Rubén, con un pecho de tambor de muchos sonidos, y sus manos con la tenacidad de muchos oficios, que buscan las mías y dice:
—Amigo, perdóneme, perdóneme. Es que usted sabe...
—Si claro, maestro—, digo—. Es una situación difícil, los paquetes y los viajeros.
Y, Abrumado, trato de encontrar las mejores palabras.
Rubén continúa:
—¿Es que... Mira... ¿Cómo te llamas... Quién eres?”
—Yo soy Heriberto.
Entonces, Blades abre los brazos y exclama en un abrazo:
—¡El Bladiano!
Y le digo que sí, que le he traído unos libros y mi deseo de conocerlo en persona. Entonces, jovial, me señala unas mesas del único café de ese lado del aeropuerto:
—Espérame ahí, pide dos cafés y espérame para hablar, que salgo en cinco minutos de esta vaina.
Y se devuelve a terminar su registro. No ha pasado mucho tiempo, cuando viene de regreso Rubén, sin la chamara de cuero y sin las gafas oscuras. Pero yo no me he sentado en el café, me he quedado de pie en una pequeña barra que tienen allí, sin accesibles. Rubén se acerca y me da su tarjeta de presentación. Yo le presento mi recibimiento haciendo con las mejores palabras un resumen de nuestro seguimiento a su vida y a su obra y del aporte que ha venido significando a nuestras vidas.
Le hablo del Licenciado Luis Eugenio Gómez Flórez, de su enseñanza de la literatura a partir de la cancionística bladiana, de los trabajos de Nicolás Contreras, Rubén Darío Álvarez y Rodrigo Ramírez, del difunto hermano cantautor Emiliano Ramírez (q.e.p.d) y Yahara Gonzalez, del poeta Pedro Blas Julio Romero, de las tertulias de “Areito” con Eliécer Marimón y Dulfry Martínez, del profesor Remberto Campo y Victico Bonilla decantando músicas trago a trago, entre otros, confesos discípulos de Blades, y de todo aquello que venimos haciendo en diferentes eventos culturales, en especial del documental que tratamos de finalizar con la intervención de él.
Rubén escucha atento y me agradece con abrazos. Luego le relaciono uno a uno los libros del obsequio. Son textos sobre música indígena Cuna y de aborígenes de las orillas del lago de Maracaibo, mitos y leyendas de esas regiones (Le manifiesto que el antropólogo venezolano es de lo mejor que tenemos acá en Suramérica y que no creo lo que se dice de la indefensión intelectual venezolana, a lo que me responde que está muy de acuerdo conmigo y que sólo allí tenemos un “brutito” y sabemos quién es y soltamos la risa), temática bastante investigada por el maestro para su álbum “La rosa de los vientos”; le muestro obras de política constitucional, y de hecho es nuestro apoyo a sus aspiraciones a la presidencia de Panamá, que de todas formas esperamos.
Pasamos a una obra sobre el “Pensamiento constitucional de Bolívar”, que él toma en sus manos y me pregunta sobre el autor. Le contesto que es un catedrático bogotano muy reconocido y que vive todavía en Bogotá: Eduardo Rosso Acuña. Le Pregunto si es verdad que está escribiendo algo sobre Bolívar. Me mira en silencio y luego dice:
—Es primera noticia. Recuerdo que el maestro no es el cándido compositor que comenta sobre lo que trabaja o investiga. Pero quedo pensando lo que sería escuchar su comentario musical sobre Simón de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacio.
El tiempo sigue vibrando a mil. Y unas damas que han reconocido al afamado cantante y estrella de cine, le piden fotos y otros autógrafos. Con serenidad, Rubén les responde que le perdonen, pero no puede atenderlas, que atiende a un amigo que se merece todo el tiempo, que disculpen y retorna a curiosear los libros. Yo le digo que las atienda, que las mujeres quieren tener un recuerdo de él. Y me dice con una sonrisa que le llena la cara, “el tiempo es tuyo”. Y Rubén se toma una, dos, mil fotos con las gentes que pasan por allí.
Ya calmada la ola de admiradoras y admiradores, recuerdo que no me he tomado la foto y no le he pedido el autógrafo. Me acuerdo de mis discos guardados ahora inútilmente. Me acuerdo que no recuerdo nada para seguir, continuar al límite final de la improvisada charla. Retorna el maestro y atino a decirle que su obra trata “del pasado visto desde la nostalgia, el presente tratado desde la lucha y el futuro aguardado con esperanza”. “Esa es toda mi obra”, asiente y me saluda y dice que me agradece mucho el apoyo, que no viene a hablar de música, pero se siente contento por haberme conocido, que le escriba, que viaje a Panamá, que me espera por allá, que a él le ha gustado mucho la ciudad, que es muy bonita Cartagena, pero en tres días no la ha disfrutado.
Le digo que le he escrito una carta y que la he dejado entre los libros. Me deja su autógrafo y nos tomamos tres o cuatro fotos con la esperanza de salvar una que no se dañe. Y nos despedimos con la esperanza en el reencuentro. Son las 4:00 de la tarde y el viejo amigo Fidel no llega.
Me dedico a esperarle y a releer el autógrafo que me ha escrito Blades: “Para Heriberto: gracias por tanto apoyo, durante tanto tiempo. De todo corazón, a ti y a los ‘Bladianos’ Rubén Blades, Cartagena 28 de nov. 2007”.
Y en esas estoy, cuando veo que viene casi corriendo el amigo Fidel Leothaou. Agitado, me dice que viene de un extremo de la ciudad, y me pregunta si ya se fue Blades; en las mismas veo a Carlitos Méndez, “El rey del pastel”, quien se agita con unos cuadros y frenética búsqueda. Les digo que se calmen, que el maestro no se ha ido, que el vuelo sale a las 5 y 30 de la tarde, que esperemos a que salga de la pequeña sala VIP para el abordaje final.
Pero “El rey del pastel” no está para esperar. Camina de lado y lado su desespero, me pregunta y a la vez me acusa por no haberle avisado, que fue hasta a mi casa a buscarme, que quiere obsequiarle a Blades su fotografía disfrazado como “Pedro Navaja” en las pasadas fiestas de noviembre, una fotografía inmensa, caminando en el desfile del “Cabildo de Getsemaní” en compañía de sus secuaces: “El Meñaca”, “El Tato” y “La Popo”.
“El rey del pastel” ha decidido llamar la atención del ministro-cantautor y se ha acercado hasta la puerta de entrada de la pequeña sala de espera de personalidades internacionales, custodiada por una alta y hermosa vigilante, quien le indica que no se puede entrar ni molestar al alto funcionario del gobierno panameño. Él quiere saludar y conocer, hablar con el maestro. Pasan 40 minutos y, tal vez desconcertado con el traqueteo de la puerta y los psss!!, psss!!, que se cuelan hasta su calma, sale el maestro, el ministro o el artista o viceversa, esta vez, airado con semejante insistencia:
—¿Qué es lo que pasa, qué es esto?—, dice y logra ubicarme a la distancia en la pequeña barra.
—Heriberto, así no, esto no se hace, así no—, me increpa, ayudándose con el gesto de no con la mano y el rostro de desilusión o de enojo, y enfatiza:
—Yo no he venido en calidad de músico, he venido como representante de mi país, como ministro y no puedo atender a nadie más.
Nadie dice nada. Pero vemos el despertar del ser civil, una de las tres calidades descritas por el amigo cineasta y pintor don Fernando Birri, quien años atrás, en Cartagena, me las indicara, como definiendo su apreciación sobre Rubén Blades, también su amigo personal, cualidades según las cuales deben contenerse en una persona, a saber: “una calidad civil para luchar en contra de la injusticia”; “una calidad política por ser un hombre con los pies sobre la tierra y sus opiniones están sobre bases solidas”; “una calidad humana para emanar sentimientos y así recibirlos, que genera su aporte artístico al crear una obra de sentido universal”, dimensión ésta que más disfrutamos.
Me acerco al grupo que se ha dispuesto al rededor del ministro, ora preocupado por lo acontecido. Le manifiesto que lo que quieren los amigos Carlos, “El rey del pastel” y Fidel Leothaou, es tomarse unas fotos para inmortalizarse con él, en especial Leothaou, promotor de la salsa hace más de 40 años y propietario del bar-restaurante “Donde Fidel”, sitio obligatorio de encuentro y poseedor de unas de las más completas galerías de fotografías de su propietario con las estrellas siderales de la salsa, colombianos y extranjeros, haciéndole falta la foto con el maestro.
Entonces, vemos vislumbrarse su cualidad humana que sin más comentarios me indica: “hagamos las fotos”. Fidel comienza a sonreír, Ciro Conto, Carlitos y yo, repitiendo fotos con la desconfianza en mi cámara análoga.
Tomo varias fotos. Y, sin esperar más, el maestro Blades, el ahora ministro detrás de unas gafas de abuelita, que denotan un parecido con el viejo Hemingway, pero vigoroso, deja ver su muestra de agradecimiento y de calor humano recibido en su corto vuelo a Cartagena de Indias.
Carlitos, rebosante de felicidad, le muestra sus fotos personificando a “Juan Luis Guerra, a Pedro Night, Pedro Navaja”, y otra con maracas y gafas y camisa hawaiana, intuye que es “Rubén Blades”. Blades se ríe y me indica que se parecen. Le manifiesto que son dos gotas de agua; y “El rey del pastel” le propone que desea que lo inviten al carnaval de Panamá con sus disfraces.
Rubén le indica que se lleva su foto y que la mostrará a sus amigos. Qué la invitación es un poco difícil, pero que va a ser lo posible por llevarlo, que ahora como servidor público se convence que sacarle dinero al Estado es más difícil de lo que se cree, cuando todo se pierde de oficina a oficina en un mar de papeles. Digo concluyendo: la “burocracia” y asiente Blades con sorna: “¡Burrocracia!” y todos nos reímos.
Nos comenta que está realizando un álbum con el maestro boricua José “Cheo” Feliciano y que ya Cheo ha hecho su parte. Son 10 canciones y ya se tienen las 5 de Feliciano y falta la parte de él, que se está grabando en el garaje de su casa en Ciudad de Panamá, que viene con flauta y violines.
Y le digo, si es, ese en que él toca todos los instrumentos. Y contesta: “sí, toco casi todos los instrumentos, pero no la flauta ni los violines ni los metales”. Y le pregunto por “Medoro Madera” y ese alter ego empolvado en los materiales musicales suspendidos que parece le regresará de improviso “si, ahí está, trabajando también”.
Rubén se encuentra regocijado con nuestro diálogo y admiración. Repite que le ha gustado mucho la ciudad y que quiere regresar pronto, “unos tres días, si fuera, para que charlemos con unos tragos y escuchemos música”.
Fidel lo interrumpe: “Que sea en mi negocio”. Blades le pone la mano en el hombro y contesta: “Sí, allí será”. Le avisa su asistente —quien se ha mantenido todo el tiempo ausente de la afable camaradería de su jefe y sus admiradores— que es hora de recoger los equipajes y entrar a la sala de espera.
Rubén, el ministro, el poliglota, el actor, el cantante, el cronista urbano, el abogado internacionalista, el amigo y el “científico”, como lo califica Moncho Arévalo Baños, se despide de cada uno de nosotros, dándonos la mano y abrazando, siempre reiterándonos las gracias por tanta atención y afecto. Por último, se acerca a mí, y en el abrazo me advierte: “Heriberto, si viajas a Panamá, me avisas con tiempo. Yo voy a volver. Te vas a cuidar... ¡cuídate!”
Alza el brazo derecho, esta vez con ganas para que hablen más que su corto diálogo es el son de despedida del noble tartarín de América. Se va de Cartagena de Indias, de Colombia. Y otro destino se cierra tras ese umbral.

San Andrés, Isla.2008

Comentarios antes de la publicación:

“Es lo mejor que te he visto hasta ahora. Se ve que lo escristes con el corazón, tiene alma. Espiritu, feeling. No importa si fue de memoria o sin memoria. Lo importante es la estatura editorial que tiene”
Rubén Dario Alvarez- El Universal de Cartagena-

“Acuso recibo de la Crónica de heriberto sobre el Ministro panameño. Tu en calidad de Asesor(Pablo Delvalle) de Melómanos sabes que aquí no hay censura... Eso jamás. Así que publicaré en la Edición 45 la crónica...”
Orlando Montenegro- Revista Melómanos de Cali-

“Recibe un abrazo y las más sinceras felicitaciones por la Crónica que esta muy buena y divertida y escrita muy sinceramente porque se logra apreciar que fue hecha de corazón, tiene el estilo triunfal del que logra cumplir un sueño largamente anhelado, cosa que es muy buena porque me no acudes a más armas ni trucos literarios que las de tu propio ingenio. Este triunfo tienes que compartirlo con tus amigos, yo me siento parte de él. La parte final es muy bella. Enhorabuena!!!”
Pedro Mejia Ruenes. Barranquilla.

“Esta bien escrito, me lo vas a dar para publicarlo en el Blog del Inem...”.
Remberto Campo. Profesor literatura -Inem C/gena

“Me gusta mucho porque tiene de todo, cuento, crónica, reportaje, muy bueno”
Jorge Muñoz-Escritor-Sai

“Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas”
Ernest Hemingway

Agradecimientos al Licenciado Remberto Campos del INEM Cartagena  por su aporte.