sábado, 21 de abril de 2012

Cadáveres insepultos

Carta a Alvarito

“Oh, José Ramón, yo comparto los gastos de lo consumido, pero, ahí hay una vaina que me niego a pagar”, “¿cuál?” –inquiere José Ramón-, “éste” señala Leonardo, “aquí dice ‘cover $ 20.000’, estoy seguro que tu lo pediste cuando yo estaba bailando. ¡Págalo tu!!!!”.

“Las palabras como los lentes, oscurecen todo lo que ellas no aclaran” Joseph Joubert.

Ese lunes, estimado Álvaro, jamás se olvidará, llegaste con el cabello tinturado de negro. Sabíamos que era el comienzo del fin. La albura de tus cabellos cedió ante el negro azabache que te aplicaron las delicadas y prodigiosas manos del estilista que te recomendó Johnny Barros, asegurándote:” estás en el lugar indicado; fíjate en la oscuridad capilar de Luis Segundo y en las cabezas brillantes de Cristóbal Cáceres o de Juancho Torres conseguidas a punta de masajes, vaselina, valeriana y sábila, macerados en un mortero con pilón punta roma”.

No necesitabas más justificaciones. Después nos enteramos que el detonante de tal determinación fue el arribo de “Buelvas, el bueno”. Así bautizó César Rodríguez al extinto profesor Rafael Buelvas, quién llegó a asumir el cargo que ocupaba su hermano Eduardo. Con barba estilo candado, bigotes y cabello con un tono entre cobrizo y zanahoria. Se presentó Buelvas y tú quedaste impresionado.

Elucubrabas: “si Buelvas puede tener el color del pelo que quiera, aunque camine como el Maestro Rochy –el amigo del Saya yin de la historieta japonesa- ¿Por qué yo no puedo cambiar también mi look?” mientras caminabas, entre los pastizales de la cancha de Futbol, hacia tu casa, cruzando por ese boquete que abrieron unos estudiantes ociosos. Siendo paso obligado por la cercanía que tiene con tu vivienda, quedó rotulado como El Hueco de Triviño.

Impecable, todo marchaba a la perfección hasta ese malhadado viernes cultural cuando en el fragor de las lluvias de Abril, Euclides, tu amigo del alma y compañero de aventuras; te invitó a unas cervezas en la Rotonda. ¿Cómo decir “no” a semejante requerimiento? Empezaban la décimo cuarta tanda de polas, bien frías, cuando se desgajó el aguacero. No hubo gorra, ni periódico ni bolsa de la Olímpica que aguantara y hasta los memorandos de Rafa, el Vicerrector, que Euclides coleccionaba por temas y tenía empastados con lomo de cuero –labor de Néstor, ex alumno, ese inefable personaje de esta comunidad que se caracteriza porque deambula por los pasillos del Inem, con el porte y el donaire del hidalgo caballero de la mancha- .

El Vice, dejaba constancia escrita de todo el acontecer de la “comunidad educativa, constructora de saberes” como afirmaba, cada vez que podía, la Seño Rosilda, su asesora. “la palabra vuela, lo escrito permanece” sentenciaba Rafa, mirando al coordinador Eduardo Muñoz (de quien alguien dijo que oficiaba como Abogado del Diablo, metiendo cizaña entre los estamentos de la comunidad)

Nada ni nadie pudo evitar la catástrofe: empapado hasta la médula todos pensaban que caía una lluvia acida porque tu ropa cambiaba de color al ritmo de las gotas de lluvia que te bañaban. Pasaste al color grisáceo de tu cabello. “Tor-na-so-la-do”, deletreaba el profesor Montero ante un grupo de Sexto grado, quienes se asomaban al Departamento, mirándote llenos de curiosidad.

Con los ojos más esperolados que siempre, Lilia Berta, te reconvino: “yo te lo dije, era mejor la negrumina o el Bigen que promociona Tele ventas y Roberto Barbosa, lo trae más barato con toda la mercancía que le mandan de Maicao y él distribuye en Sanandresito”. Tanto sacarle chiste a la calvicie rotunda del amigo Fulgencio –EL Batí quien habiendo probado todos los remedios posibles, le puso una tutela a Cajanal para que le hicieran un trasplante de pelo acogiendo una sugerencia tuya según la cual era probable que pasaran cabello de una parte a otra del cuerpo: “así no habría posibilidad de rechazo en el injerto”, le dijiste.

Empezaron a salirte unos claros en el cráneo que tratabas de ocultar con la colección de gorras del beisbol de las grandes ligas que adquiriste a través de una negociación con el Diablo Anaya. “Ojo, ponle atención a eso, te lo digo yo”. Se acercó a ti Rafael Callejas –cambió el maletín lleno de libros de la fábrica de Ismael por una mochila sanjacintera que tiene su nombre bordado con hilos de oro- prosigue: “no sé si tu lo conoces, pero mi tío perencejo empezó de esa manera, creíamos que era alopecia y le terminaron diagnosticando cáncer de pelo y eso no es nada; él me cuenta que las quimioterapias, le están dando duro, eche-párale-bola, tan es así, que hasta los diente se le caen sin darse cuenta…”

Tu, quien lloraste, mientras leías un cuento que le dedicaste a una iguana a la que le sacan los huevos en un criminal atentado ecológico.

Tú, quien te divertías enviando al noticiero de Juan Gossaín notas eruditas y graciosas desde tus conocimientos de Lingüística.

Tu, que ayudaste a los Palenqueros a articular su mezcla de bantú con expresiones orales romances condensándolas en un diccionario.

Tu, un experto en sacarle una sonrisa a la ingenuidad y la desprevención de tus congéneres; recuerdo cuando apenas salían los discos compactos (CD) y preparando la celebración del Día del Maestro, me dijiste, delante de Leonardo Herrera: “oye, el Rector dijo que te llevaras todos los ‘compact’ que puedas” pero, lo vocalizaste de tal manera que a la cita en la entrada del colegio, donde nos recogería el bus para llevarnos hasta el balneario de la Boquilla; se presentó Leonardo con unos 15 señores. “¿Y eso, Leonardo?” le espetó Rafa. “Mira, Rafa, sucede que Álvaro le dijo al profesor Romero que el Rector le mandaba a decir ‘que trajera todos los compas que pudiera’ y yo aproveché para invitar a mis compadres”. “Esas son las vainas de Álvaro” –dijo Lilia Berta- “No sé donde va a meter, Leonardo, a esos tipos sombrerones y abarcuos”. -Remató.-

Cuando el colegio dependía del Ministerio de Educación Nacional, vinieron de Bogotá tres funcionarias y José Ramón –el Rector- le solicitó a Leonardo Herrera y a ti para que lo apoyaran en la atención a las visitantes. Fueron a una discoteca de Bocagrande; en el momento de pagar la cuenta, José Ramón dijo que debían cancelarla entre Leonardo y él por el rango que tenían. Leonardo aceptó a regañadientes, tú miraste la cuenta y le pediste a Leonardo que revisaran lo detallado –mientras José Ramón estaba en el baño-. Al regreso de éste, Leonardo le reclamó: “Oh, José Ramón, yo comparto los gastos de lo consumido, pero, ahí hay una vaina que me niego a pagar”, “¿cuál?” –inquiere José Ramón-, “éste” señala Leonardo, “aquí dice ‘cover $ 20.000’, estoy seguro que tu lo pediste cuando yo estaba bailando. ¡Págalo tu!!!!”.

Empezaron a llegarle mensajes amenazantes a Jairo Puche. “Yo hablo con la verdad y en este sistema al que dice o escribe sobre la Verdad, lo callan, lo silencian”. Reiteraba, Jairo. En alguna ocasión coincidió en una reunión con unos periodistas y él se presentó: “soy docente y periodista, yo escribo”. “Qué bueno, y ¿usted dónde escribe?”. Le preguntaron. “Fácil, yo escribo en El Universal”. “¿Cómo?, no sabía. Estoy a cargo de la sección cultural, ¿y usted?”. “Yo escribo en el Buzón del Lector”. Afirmó Jairo con su cara de niño grande. Buscaba solidaridad y asesoría. Jairo le mostraba los mensajes a quien se le atravesara en el camino y ahí apareciste, Alvarito. Le recomendaste que: “dada la gravedad y la magnitud de lo sucedido y los alcances que tenían cada palabra de las misivas en mención, era pertinente que se tomaran las medidas necesarias para salvaguardar la integridad del docente y de su núcleo familiar primario”. Jairo recibió el status de amenazado y ya soñaba con “las estepas anglófonas de Canadá”, debido a las ilusiones alimentadas por ti.

Alguien dejó entrever que los panfletos eran producidos por algún mamagallista empedernido. Todos te mirábamos con ojos de sospecha, hasta el día que apareció Jairo, sudoroso, hecho un manojo de nervios y leyó en voz alta una carta. La tomaste entre tus manos y con una cara de genuina preocupación te escuchamos decir: “¡mierda, esta vaina no la escribí yo!”.

Hasta el caucho centenario del Patio de Idiomas sonríe cuando se acuerda; se carcajea al vaivén de las brisas de Agosto (Es la temporada durante la cual Yolanda Porto sale con su tropilla de estudiantes armados de barriletes y cometas a pintar de colores el cielo cartagenero, ella no acepta que los niños lleven pandongas “porque perdemos caché, eso hace parte del corronchismo”. Afirma, con esos ademanes que la caracterizan). La risa del caucho se debe al hecho que este fue uno de los sitios en los cuales Lucho Castellar se dedicó a contar sobre la tarea encomendada. Si, el Sanjacintero quien creció en las casas que construyeron en el sitio llamado, ahora, la Loma del Indio; donde Catalán, el celador que agotaba las horas de vigilia insomne tejiendo versos y cantares provincianos con una gaita invisible que poseía, heredada de sus ancestros Monte marianos, tenía una parcela, auspiciada por el Rector José Ramón.

Lucho recibió, del Administrador de turno, la petición encarecida: “como un soporte para mejorar la disciplina y cerrarle las salidas a los estudiantes voladores y las escapadas a los `profesores furtivos, se armara de cemento, arena y ladrillos. “Mme mandaron a sellar todo… voy también a taparle ‘el hueco a Alvarito’…”.Decía, Lucho con esa sonrisa entre pícara, ingenua y juguetona que siempre tiene.
Y te fuiste, Álvaro. Sin preámbulos ni despedidas. La noticia sonó como un estornudo en un minuto de silencio: a los jefes de Departamentos los convirtieron por decreto en Coordinadores y los trasladaron a instituciones educativas cercanas a su sitio de residencia. Quienes te han visto dicen que te estás poniendo viejo, igual que este colegio, pero no creo porque viejo es aquel que se levanta sin metas y se acuesta sin esperanzas.

JJ Romero Parra
JUAN JOSÉ ROMERO PARRA.
jjromeroparra@hotmail.com
Cartagena, abril de 2012

POSDATA.
AL INEM DE CARTAGENA, QUE TANTO QUEREMOS, CADAVER INSEPULTO, QUE AUN AGONIZA MIENTRAS SUS DOLIENTES DISCUTEN.