jueves, 12 de abril de 2012

El cero como calificación ¿Herramienta pedagógica válida?

“Tan sólo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más de lo que la educación hace de él.” IMMANUEL. KANT

J.J.Romero P.
La anécdota de la estudiante del primer semestre universitario que al recibir el examen calificado con 0.50 decide reclamar, en medio de las risas de sus compañeros, porque ignoraba la existencia de esa forma de evaluar; referida por el docente Adalberto García, denota la situación de una generación de jóvenes formados bajo la política estatal de la promoción automática -aplicada en la básica primaria trasciende hacia la educación media amparada bajo decretos como el 0230- , quien sembró la simiente de la mediocridad, el facilismo y la indolencia “porque de todas maneras tienen que promoverlo a uno” como argumentaba con cierta desfachatez y bastante sorna un estudiante de grado 11 hace algún tiempo.

“Ahora el decreto 1290 trata de enderezar el rumbo de este barco a la deriva que parece ser la educación, para el gobierno de turno –así discurre Jaime Silva, veterano dirigente sindical del magisterio- entregando la autonomía (entre comillas) a la escuela para que legisle sobre el sistema de evaluación institucional”. Entendiendo la evaluación como la manera de medir el alcance de logros, metas y objetivos dentro de un proceso con unos parámetros determinados.

Si la evaluación es la forma de medir el nivel de competencias adquiridas –como aclara mi hija Laura, estudiante de Derecho- la calificación materializa la consecución de lo deseable o buscado. Pasar de la evaluación cualitativa a la evaluación cuantitativa, propuesta por el decreto citado, exige un cambio de paradigmas, una mentalidad abierta y flexible, el retomar el carácter científico de la labor pedagógica a quienes evaluamos; amparados en la vocación de maestros, en nuestra conciencia de clase y el imperativo ético y moral que nos coloca ante la historia como formadores de las próximas generaciones.

Es una verdad palmaria, el reconocer la carga, el lastre que trae consigo cada estudiante, con una hoja de vida signada con todos los problemas, conflictos y disfunciones que enfrenta nuestro entorno social: hijos de un tiempo convulsionado que insta al docente a asumir un rol, extendido más allá de la simple transmisión de conocimientos.

La Escuela es la caja de resonancia de toda una comunidad que se debate entre la crisis de valores, las desigualdades sociales, étnicas, religiosas y sexuales, los conflictos generados por las estructuras políticas, económicas e ideológicas injustas que nos gobiernan: que nos deben interpelar, nos cuestionan interrogándonos acerca de nuestra capacidad de entrega y compromiso con la educación y la construcción de los próximos ciudadanos idóneos, con una formación integral solida, conscientes de sus cualidades, de sus debilidades y amenazas, con la capacidad innovadora y creativa suficiente para empoderarse de su futuro y transformar el núcleo social que los circunda irradiando este cambio hacia los sectores más deprimidos de la sociedad.

“La madre que ama, orienta, corrige y forma”, le escuché decir en alguna ocasión a la Licenciada Sixta Molinares, y es cierto. Sin quitarle meritos a la aplicación de la ternura como componente pedagógico como tampoco a la necesaria sensibilidad y solidaridad social que nos permiten descubrir y ser conscientes de todas las penalidades que abruman la corta existencia de nuestros estudiantes.

Si no les preparamos para que enfrenten los retos y desafíos actuales y construyan el futuro con las herramientas adecuadas para forjar y convertir en una feliz realidad sus sueños posibles de superación y prosperidad; somos cómplices pasivos de la “educación para pobres” que tanto le repugna y denuncia la Compañera Nancy Guerrero.

No se necesita ser “psicorrigido”, como bien lo menciona el Ingeniero Arturo Verbel, para asumir el compromiso de ofrecer a los estudiantes la oportunidad de dar lo mejor de sí mismos, elevándoles el nivel de exigencia intelectual y académica, desde todas las áreas del currículo, sabiendo que la educación por competencias exige como mínimo el aprender a:

• Interpretar;
• Argumentar;
• Proponer.

Ayudándoles, en nuestro caso, a avanzar hacia:

• El emprendimiento;
• La Innovación;
• La creatividad. Fortaleciendo las simples competencias laborales.

“La retención de los estudiantes” a expensas de bajar la mortalidad académica apelando a la minimización de las exigencias y requerimientos intelectuales y académicos básicos porque “si le califican con un cero se van…”Como afirmó –con toda su buena intención- un Coordinador. Es algo controvertible. Tal argumento, además de favorecer una cultura alienante de la lástima, el pordioserismo, la miserabilidad, conlleva un tinte peligroso de considerar al estudiante como una especie de “minusválido mental” que atenta contra los fines de la educación y el perfil del estudiante consagrados en la Ley 115 de 1994 y se dirige en contravía de la Misión y Visión de nuestra institución educativa.

Ahora, la calificación no puede considerarse como un premio, tampoco como una sanción sino como la medición de unos resultados buscados dentro de un proceso dinámico de crecimiento y como punto de llegada y de partida en el entorno de la pedagogía entendida como ciencia de la vida.

En áreas formativas como la Educación Religiosa y Educación Ética y en Valores Humanos, la experiencia pedagógica ha demostrado que sin caer en la drasticidad ni en el rigorismo exacerbado con la calificación, también, se enseña la apropiación y la interiorización de valores: evaluando procesos en un ambiente de confianza y afecto, de respeto por el estudiante –reconociéndolo como el centro y el sujeto del quehacer educativo- , así como se le brindan las oportunidades de avanzar en la dinámica de su crecimiento confrontando los contenidos teóricos con la praxis de su vida cotidiana; se le acompaña y se le ayuda en la adquisición de una conciencia crítica que le permite, entre otros valores, saber ser responsable, honesto y autónomo, buscando la originalidad para llevar una vida autentica.

Si la educación debe preparar al sujeto para la vida; ¿Es justo tratarlo con lastima, subvalorándolo al evaluarlo con la condescendencia de exigirle el mínimo, cuando él por sus necesidades y condiciones actuales requiere esforzarse al máximo y dar lo mejor de sí para obtener los elementos y recursos indispensables que le permitan alcanzar un nivel optimo de supervivencia?

No perdamos de vista aquella sentencia que afirma: “EL AMOR SIN EXIGENCIAS DEBILITA Y LAS EXIGENCIAS SIN AMOR ENVILECEN”.

JUAN JOSE ROMERO PARRA
jjromeroparra@hotmail.com
LICENCIADO EN CIENCIAS RELIGIOSAS
Docente INEM
Cartagena, 12 abr. 12


;
-