sábado, 12 de mayo de 2012

De mariamulatas y otros avichuchos

Con aprecio, para mi amigo WILSON y el Colectivo OJO DE ALCATRAZ.
Si me hubiera pasado a mí, yo, no sólo le hubiera pateado el carro sino que también le quemo la casa, porque a mí en mi pueblo, todos me respetaban por eso: al que se metía conmigo, no amanecía y si volvía a ver la luz del sol era para mirar los escombros, las ruinas de lo que antes era su rancho. Todo quedaba reducido a cenizas. O si no me creen pregúntenle a mi abuelo. Se atrevió a echarle una “jodía” y le quemé la finca.
JJ.Romero Parra*
Convaleciente, me reponía del feroz ataque de un alcatraz de tierra firme –después supe que el animal de marras provenía de una población que hace parte de los Montes de María, tierra de gaitas, tabacos y de José Ramón-; quien cual gallo de pelea, entre picotazos y aleteos aleves la emprendió contra mí.

Maltrecho, con un pómulo morado, pero, con la dignidad intacta – invoqué al guajiro Malva ceda e hice ademán de desenfundar mi nueve milímetros y enseguida huyó despavorido-, recibí la visita de Lucía, una amiga que con su presencia proclama el acierto del refranero popular según el cual “las esencias, perfumes y fragancias exclusivas y de inmenso valor vienen en envases pequeños”.

Trajo unos emplastos y pócimas que un hechicero, amigo común llamado Sabel, me enviaba para contrarrestar los embates y las furias del Alcatraz Mayor Monte mariano. “Esto parece obra de un gavilán, porque los alcatraces son animales pacíficos – me explicaba Lucía mientras me aplica ‘la contra ‘- Fíjate, son nobles, puros, altivos y elegantes. Lástima que no se tenga en cuenta cómo en la actualidad ellos representan la situación de tantos habitantes de nuestro amado territorio Caribe: la marginalidad, la desidia, el abandono, la falta de recursos; el deterioro sistemático del ecosistema brinda como fruto ese pobre animal enfermo, con las alas pesadas y la mirada perdida que vemos deambular como cualquier ave doméstica en la zona del puerto del Mercado de Bazurto. Triste condición”. Remata Lucía.

“Gavilán. No; más bien, será María mulata.” Aparece como un fantasma, Toño Mendoza, con el índice de la mano izquierda en alto. Dicho dedo es el testigo mudo de aquel famoso trueque del que siempre habla Callejas. Toño aclaró que lo recibido por él fue un pichón de gavilán que casi le arranca la extremidad superior. “Los he visto reunidos: hay uno regordete, bonachón de caminar pausado; otro que emite sonidos como si dominara varios idiomas; uno bastante moreno, que tira pases de música salsa y parece más, un golero; hay un alcatraz hembra con las plumas despeinadas, así al garete y es bastante belicosa; otro que se está desentechando, con las plumas ralas como si estuviera recién pensionado”.

Maria mulatas y otros avichuchos
“Deberías denunciar este ataque”. Insiste Toño, ignorando que ya le había consultado a mi Asesor Espiritual: el Reverendo Padre, Monseñor Richard; eminente prelado de la Iglesia Universal, quien me reconvino y me recordó la máxima evangélica de “poner la otra mejilla”. Apaciguado con la presencia beatífica de Lucía, con la que rememoramos a esas aves símbolo del gregarismo, la solidaridad y la ayuda mutua: la María mulata. Ellas que poblaban lo más alto de los árboles, cuidando sus nidos y sus pequeñas crías, que se alimentaban de pequeños insectos; víctimas de la deforestación y el urbanismo desmedido ahora se han tornado casi rapaces y en los patios de las casas aterrizan en los promontorios de basuras y también en los platos de comida de quienes almuerzan o cenan al aire libre.

Esto no se queda así –prosigue Toño- la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. Si me hubiera pasado a mí, yo, no sólo le hubiera pateado el carro sino que también le quemo la casa, porque a mí en mi pueblo, todos me respetaban por eso: al que se metía conmigo, no amanecía y si volvía a ver la luz del sol era para mirar los escombros, las ruinas de lo que antes era su rancho. Todo quedaba reducido a cenizas. O si no me creen pregúntenle a mi abuelo. Se atrevió a echarle una “jodía” y le quemé la finca.
Cálmate, ya Toño –casi le suplicaba Lucía- dejemos que las cosas sigan su curso y no sigas echando leña al fuego porque tú mismo te puedes quemar…No pudo concluir su intervención porque en la puerta del aposento se presentó el Alcatraz Mayor con una enorme pipa. Y solo atinó a decir: “VENGO EN SON DE PAZ”.

*JUAN JOSÉ ROMERO PARRA
Docente INEM
jjromeroparra@hotmail.com
CARTAGENA, 11 mayo de 2012.