miércoles, 9 de mayo de 2012

Kiosko El Pasatiempo

“Es chévere escuchar el chasquido de la aguja cuando surca el acetado, parece como si estuvieran fritando huevos”
Wilson Blanco N. *
En el kiosco El Pasatiempo, el tiempo no pasa. Su propietario Ramón Rudas Mendoza, primo del acordeonero Ismael Rudas, es un cienaguero que hace 40 años llegó a Cartagena en busca de oportunidades. Primero trabajó como ayudante de albañilería cuando empezaron a hacer la urbanización El Refugio. “Les di sopa y seco a los cartageneros”, nos dice orgulloso Ramón, refiriéndose a las jornadas largas y extenuantes que tenían que cumplir los obreros en el vaciado de placas o en la preparación de concreto para fundir.

Al poco tiempo de estar en la ciudad 'monta' en Bazurto el kiosco El Pasatiempo, en el antiguo “Salivón”. Allí permanece por varios años, hasta cuando el gobierno municipal decide terminar con las ventas ambulantes y kioscos que pululaban en el sector. Esta decisión fue momentánea, porque al cabo de un tiempo volvieron las ventas y los kioscos. Entre ellos apareció de nuevo El Pasatiempo. Ramón Rudas ha continuado con el negocio hasta el día de hoy, pero bajo otras condiciones y la compañía de otros vecinos; entre ellos, un CAI de la Policía Nacional que le queda enfrente.

Cuando le preguntamos por el éxito de su negocio nos dice que “este no solamente se debe al buen trato que tiene para atender, sino en la música que selecciona a sus clientes”. En un viejo tocadiscos de aguja picker hace sonar el Long Play que le soliciten. En un espacio de dos metros cuadrados, mantiene bien organizados en estantes de madera entre 800 y 1000 Long Play. Allí también están un enfriador de quinientas botellas y el bañito donde los clientes dejan las ganacias del día.


El Pasatiempo no es un lugar para pasar mucho tiempo. Sin embargo, Ramón no deja de vender un día a la semana. Julio Narváez, un cliente habitual de los sábados por la tarde, nos dice que “la música de tocadiscos es mejor que la CD”. “Es chévere escuchar el chasquido de la aguja cuando surca el acetado, parece como si estuvieran fritando huevos”. “Otra cosa buena, continúa Narváez, del maestro Ramón es que tiene música vieja y de todos los géneros y lo complace a uno de inmediato”. “Claro que el otro día lo ponché”, termina diciendo Julio.

Javier Contreras, un cliente casual, manifiesta que a pesar de la incomodidad para estarse un rato en El Pasatiempo, “vale la pena el sacrificio porque uno escucha música que nunca ha escuchado”. Ramón saca entonces un Long Play de Jorgito Celedón cuando tenía doce años. Todos empezamos a mirar la carátula. Pero en un abrir y cerrar de ojos ya ha traído uno de Celia, uno de Alfredo, uno del Gran Combo, uno de la Billos, mientras los clientes le gritan: “pilas, Moncho, atiende la quincalla”. 

No es para menos, Rudas se emociona cuando encuentra quien se interese por su pasatiempo. “Vea, usted no me va a creer, yo le compré todos los Long Play a la gente de aquí de Bazurto”. “Cuando aparecieron los CD todo el mundo empezó a rematarlos. Ahora yo tengo música que nadie tiene en Cartagena. Aquí vienen de todas partes a solicitarme grabaciones que ni en las emisoras las hay”. Mientras que el coleccionista de Ciénaga Magdalena atiende a sus clientes, los Long Play colocados en largas filas testifican que en El Pasatiempo, el tiempo llegó para quedarse.

Ramón nos cuenta que en la casa que tiene en el barrio La María, sector Los Corales, tiene un cuarto lleno de discos. “Los voy a invitar un día de estos para que vean lo que es tener música”.

*Por: Wilson Blanco Narváez
wilblanco4@hotmail.com
Docente INEM 
Colectivo Ojo de Alcatraz