lunes, 21 de mayo de 2012

La niña que no sabía sonreír

JJ. Romero P.*
La niña llegó a su familia como una bendición. Su hermano mayor; su único hermano ya tenía cuatro años cuando ella anunció su aparición con los primeros malestares que empezó a sentir su madre: cesó la menstruación, se ensancharon sus voluptuosas caderas y después de la sexta semana se iniciaron los antojos, las nauseas y una sensación de mírame –no – me- toques; o de quiero- pero- tampoco- quiero y viceversa, que exasperaba al padre. Un hombre calmado, paciente. Observador de todo cuanto ocurría a su alrededor y lo examinaba con la misma minuciosidad con la que le revisaba los cabellos crespos –casi ruchos- de Juanky, después de su regreso de la escuela con el estribillo de “recorta y pega” cuando le inquirían sobre lo aprendido en la clase.

Juanky, primo de Juan B. Con una diferencia de un año y seis meses de distancia en su nacimiento, Juan B. nació nueve meses después de la visita de Juan Pablo II, el papa viajero que en Cartagena, ese seis de Julio, su tío Juanjo –el cura-, pudo estrecharle sus santas manos.

A las seis de la mañana de un sábado del antepenúltimo día del mes de Noviembre, - un año después que César Gaviria lanzara la expresión: “bienvenidos al futuro” y revolcara al país con la Constitución política que rige la convivencia ciudadana; - vio la luz de este mundo con la mirada de unos ojos entre verde y gris como los de su bisabuela paterna y de su abuelo materno, matizados con la piel morena aportada por su padre.

“María Tamila”, decía Juanky, quien al hablar armaba un trabalenguas y contaba con la traducción de Juan B. como la noche del sábado aquel, mientras los padres libaban sendas cervezas se sintió un estropicio aterrador que dejó a todos sumidos en el silencio interrumpido por la lenguará de Juanky y la traducción simultánea de Juan B.: con voz grave y profunda dijo; “tío, Juanky dice que explotó una bomba”. Era la época dolorosa de los atentados de Pablo Escobar. El confundía la c con la t y pronunciaba tasa por casa o tabeza de toto por cabeza de coco- al preguntarle sobre el nombre que llevaría su hermanita, respondía como a él le gustaba llamarla, pero su tía materna recibió una visita intempestiva de la cigüeña, tres meses antes y nombró a la bendición de Dios que le colocaron en la puerta de su casa como María Carlina y ya existía en la casa de su tío-abuelo El Chino Juve: María Fernanda.

Y su padre, aunque muy devoto de la Virgen, dijo: “basta de Marías”.

“Laurita”. Así empezó a llamarla la tía Alcira, una negra imponente y hermosa que no tuvo la oportunidad de aprender ni a leer ni a escribir por la trashumancia de su padre, Luis Felipe. Pescador por vocación pero agricultor, aprendiz de curandero y hasta policía en la época de la violencia. Por esta última decisión, su señora Juana Parra - liberal de pura cepa- lo desterró de su corazón, de su cama y de su hogar y se echó encima la carga de seis hijos: dos varones y cuatro hembras, quienes desde pequeñas, en oficios varios; perdieron la inocencia de sus años infantiles en los trabajos esclavizantes de las “blancas” de Crespo, uno de los barrios de los ricos de la amurallada Cartagena. Alcira en la actualidad tiene cinco hijos, todos profesionales universitarios quienes se sienten orgullosos del ejemplo de vida de su mamá y de los diez diplomas de bachillerato y pregrado que ella tiene colgados en estricto orden cronológico en la sala de su casa.

Laura, desde que empezó a hablar preguntaba por qué el color de la piel de su mamá es distinto al de ella. Llegaba a la casa un mediodía, cuando en la puerta, con sus tres añitos y con Sandy, su mascota canina, a cuestas; me aguarda con los brazos abiertos y exclama: “Daddy, llegó ‘la pobre viejecita’ la misma de la historia que me cuentas para dormir”. “¿cómo Y dónde está? “Le respondí. “Mírala”. Con un gesto de la boca y de sus ojos me señala a la abuela Osiris. “Sí, papi, ella es, porque la escuché quejándose de la situación, de la plata, de todo. Ella es”. Recalcó.

Hace pocos días, comentaba Laura que en la Facultad donde estudia Derecho, compartían recuerdos con los compañeros y acertó a encontrar a uno que también lo arrullaban con la canción de Pablo Milanés:

Duerme, duerme negrita, que tu papa está en el campo, negrita
Trabajando, trabajando y no le pagan, trabajando…
Trabajando pa negrita, trabajando sí…
Junto con el repertorio de:
Aserrín, aserran, los maderos de San Juan…
Luna dame pan que tus hijos no me dan…
Mambrú se fue a la guerra, que dolor, que dolor que pena

Cada padre mira en sus hijos el reflejo de su propia existencia y vive con el propósito altruista de poder mejorarla. Esta generación nació y creció en un mundo de fábulas y sus moralejas delimitan las fronteras del comportamiento cotidiano. El papá de Laury, aunque nació en la ciudad, en la orilla del mar y la partera que lo recibió le limpió el ombligo con agua marina ligando su existir al mundo de las playas, la brisa, las olas: el mar. Creció bajo la influencia de su abuelo pescador; mientras tejía y remendaba sus redes le alimentaba la imaginación con las historias de Juan Bobo, Tío Tigre, Tío Conejo, Tío Burro y sus hazañas por los Siete Mares, a pesar que la abuela decía que la canoa sólo le alcanzaba para llegar hasta Barú. El bisabuelo de Laury, afirmaba que Simón el Bobito debía ser pariente del Juan Bobo de la tradición oral costeña y que Rafael, el pariente de los Pombo, es posible que la haya escuchado en sus visitas a esta ciudad.

La madre, aún recuerda las escenificaciones montadas por el Maestro Felo –dramaturgo provinciano- quien aglomeraba al pueblo entero con la puesta en escena de sus versiones de La Lechera; la zorra y las uvas; además de dramas, hechos históricos y comedias. No olvida que siendo casi un bebé fue escogida para la comedia de las vocales junto con las pelás: Lina Sará; Amelita –la O natural-; Ana María, la hija de Julio Nelson y Carola Holguín. Cada una según la contextura y ella fue la I.

El sentido del humor es una constante en la dinámica de la vida familiar: Senén, abuelo paterno de Laury, tenía siempre el apunte preciso, la frase pícara, la anécdota oportuna porque: “hay que sacarle una sonrisa a la vida; antes que la vida se ría de uno, porque la vida es una fiesta y hay que gozarla”. Y le brindó esta enseñanza a su prole: el humor sano, el chiste franco, el reírse hasta de las vicisitudes, el encontrar el apunte humorístico aún a las situaciones más trágicas. El reír está ligado a la rutina de la vida cotidiana donde nació y crece Laury. Ella comparte esto.

Reía en las noches imaginando a Simón el Bobito pescando en su balde, le molestaba la desobediencia del Renacuajo Paseador y no admitía que se le mencionase a Mambrú porque “se fue a la guerra y de éstas sólo se consigue dolor, sufrimiento y muertes, eso no debe suceder”. Decía, con el ceño fruncido.
Desde muy pequeña, Laury, demostró carácter: “¿tú, por qué quieres que yo sea reina? “. Cuestiona a su tía materna quien se auto postulaba como su chaperona para todos los certámenes de belleza, en los cuales soñaba inscribirla. “Yo quiero ser doctora, y para eso voy a estudiar”. Reitera, aunque su madre trataba de conquistarla con muñecas de trapo y vestiditos para sus Barbies, con la intención de convertirla en Diseñadora de Modas o Modista famosa y heredase la máquina de coser que ella, a su vez, había recibido como legado de su abuela Ana Luz Padilla.

Las rondas, los juegos, las adivinanzas eran su delicia y no desaprovechaba ocasión para disfrutarlos; en esto la sorprendió la propuesta de la Seño Muñe, su maestra de pre escolar, para que representase al curso en el reinado infantil para recoger fondos destinados a la Escuela Pública donde estaba matriculada.

En la final del concurso, cuando debía desfilar ante el jurado, vestida con un conjunto rojo y una blusa blanca y cubierto su cabello rebelde con una gorra- boina tejida por Cecilia Esther, su madre; descubrimos, sorprendidos, que la niña no sonreía. Como su fotógrafo, mentor y padrino de esta aventura me acerqué a ella y le dije en tono bajo: “tienes que sonreír”. “No”. Fue su respuesta.
No sabía sonreír. No quería sonreír. Porque, ella explicaba después, esto era limitar su risa y ella se reía de la vida, le gustaba reírse al sentir el amor que le manifestaban sus padres y toda su familia, se reía de las travesuras que realizaba con la complicidad con su hermano. No sabía, ni quería sonreír porque se reía de la vida y de los sueños que anhelaba concretar.

Sus carcajadas junto a las de su hermano, aun resuenan en mi corazón de padre como el regalo más hermoso que me ha brindado la vida.

*Juan José Romero Parra
jjromeroparra@hotmail.com
Docente INEM
Cartagena Colombia 21 de Mayo 2012