domingo, 10 de junio de 2012

Cría Cuervos... (desahogo de un Padre de Familia)

 “…y es que los hijos míos si me respetan, porque yo tengo una vara de totumo soasá”. PONCHO ZULETA.  (Costumbres perdidas)
La crianza de los hijos es un arte que se aprende sobre la marcha. Es un proceso que se inicia desde la escogencia de la pareja: el autor del libro Juventud en Éxtasis, entre las recomendaciones que brinda a los novios para vislumbrar el panorama de la posible vida conyugal, invita a que cada uno se cerciore de la relación que tiene su pareja con la familia de donde proviene; “el buen hijo, el excelente hermano, será un buen padre… y lo contrario”.

La unión de pareja trae consigo unos antecedentes con los cuales se fundamenta la vivencia familiar presente y futura, convirtiendo en una realidad la parábola vital: “eres hijo y padre serás…”.
 Una reflexión del profesor Juan José Romero Parra desde el INEM José Manuel Rodríguez Torices de Cartagena Colombia. Refiriéndose a la crianza de los hijos
Cría Cuervos...
La crisis de las instituciones con el nuevo milenio y el nuevo siglo, afecta gravemente el núcleo familiar; la irrupción de la tecnología crea nuevas formas de relaciones interpersonales; novísimos códigos de comunicación hacen tambalear la amenidad de una charla frente a frente, mirándonos a los ojos, compartiendo una sonrisa, un apretón de manos, el calor de un abrazo. Todo va cambiando.

Intento resumir en esta reflexión la charla sostenida con varios padres de familia que viven la tribulación de sentirse decepcionados de la respuesta de sus hijos a sus fatigas, esfuerzos y sudores producidos por la tarea constante de proveerlos de cuanto requerían para sacarlos avante.

Ese bebé que tenías entre tus brazos, hasta hace poco; esos retoños por los cuales te rompías el lomo, trabajando de sol a sol, sin domingos ni festivos “para que no les faltara nada” –como lo canta Franco de Vita en NO BASTA- ; aquellas creaturas de tus entrañas por las cuales te abstienes de tantas cosas para que “ te hereden un apellido sin manchas y no tengan nada que avergonzarse de ti”; ahora, te miran con la indiferencia de quien no te reconoce atributo alguno , con la sordidez del extraño que apenas tolera al intruso que tiene a su lado.

Y tú que le enseñaste “que la familia está por encima de todo… que uno elige amigos, vecinos, hasta enemigos, pero, no a la familia… que primero es la familia y después llegan las añadiduras. Fíjate, Pepe –la mascota- reconoce desde su instinto canino quien le brinda cariño; quién le acaricia el lomo y le ofrece la comida a tiempo, devuelve esa dedicación moviendo la cola y haciendo una danza de bienvenida para halagar a quien le cuida y mantiene.

Los humanos somos como somos. Escuché a la Prince Martínez cuando decía que “la gratitud es la memoria del corazón”. Tiene razón. Y parece que esta generación nació desmemoriada porque exigen con vehemencia sus derechos y olvidan por completo sus deberes, haciendo que la balanza de la Justicia oscile desequilibrada dentro de un contexto individualista y egocéntrico del me-importa-un-culismo, la sobradez y la falta de consideración hacia sus progenitores: “porque yo no tengo la culpa que usted que me haya traído al mundo” –como le reprocha, a cada rato, Lucho Martínez a su anciana madre Teresa- . En algunos casos hasta amenazan con abandonar la casa pensando que te dejarán “HUÉRFANO DE HIJOS”.

Es inevitable que surjan los interrogantes; cuestionamientos válidos y pertinentes como estos:

¿Quién trastocó todo, para que surgieran estos engendros?, ¿serían los mismos padres?;

¿Sería el resultado de un sistema educativo ineficiente, caduco y trasnochado?;

¿O las dos cosas a la vez? : ¿padres formados en un sistema de educación carente de valores, normas y principios reguladores que no los preparó para la vida y no responde a las exigencias de estos tiempos con tantos desafíos y amenazas inminentes?;

¿Ciegos guiando a otros ciegos?;

¿Ha caído en desuso el discurso de la alteridad y el sentir-con-el-otro como principio de vida comunitaria?

La inversión o la inexistencia de los roles familiares auspiciados por un psicologismo a ultranza que propugna por la condescendencia, el complacer por complacer, el gratificar por encima del manejo adecuado de la autoridad, del enseñar con el ejemplo a establecer controles y límites; de ofrecer –en concordancia con la edad emocional y cronológica- elementos para avanzar en la autodeterminación, la autorregulación y la autonomía. Con la pretensión inocua de formar una generación sin traumas.

Son estos algunos de los factores que han incidido en la formación de esta generación donde muchos padres, parece, que han llegado a tenerle miedo a sus hijos; engullidos ambos por la vorágine de la sociedad consumista que hace prevalecer el tener por encima del ser.

Víctimas de su propio invento de no haber podido dosificar cariño y afecto con exigencias; obsequios con compromisos; labores con compensaciones –porque parece que de tanto trabajar los padres, los hijos han nacido cansados- . Para colmo de males, la salida oportunista para tratar de aplacar su conciencia, ha sido que muchos padres se han empecinado –lanza en ristre- en endilgarle al sistema educativo, a la escuela y específicamente a los docentes la culpabilidad expresa de todos los males de la falta de formación y de humanidad de sus descendientes.

Parece un olvido voluntario, por parte de tales padres de familia, el reconocer y aceptar que ellos son actores principales –coprotagonistas- de la labor educativa porque, como bien apunta el Ingeniero y Docente William Valdéz: “la familia es la primera escuela y es ahí donde el estudiante ratifica y asume o rechaza y niega los contenidos teóricos que le ofrece el Maestro al confrontarlo con el quehacer positivo o negativo de su entorno”.

Como adultos, sin perder de vista que el núcleo, el centro del proceso educativo es el estudiante, corresponde a docentes y padres establecer un frente común donde uniendo esfuerzos se luche para brindar las condiciones óptimas con las cuales la Visión y la Misión de la Escuela se compagine con el querer y ese anhelo justo de cada familia de tener en su seno personas competitivas, dotadas de las herramientas éticas y morales, académicas, intelectuales y científicas, deportivas y culturales, críticas y espirituales necesarias para convertirse en CONSTRUCTORES DE CIUDADANÍA, DE PAZ Y ESPERANZA.

Sin olvidar, como lo muestra un correo compartido por el Licenciado Álvaro Triviño que los padres son para sus hijos como ese puerto donde el navío (el hijo) que ha surcado mares, ríos, océanos, tiene un punto de llegada y de partida, lugar seguro de aprovisionamiento, restauración y descanso. Cada padre debe reinventarse, renovando sus paradigmas y su concepción de las cosas y de la vida para afrontar de la mejor forma posible los vertiginosos cambios de una sociedad que gira al ritmo de la tecnología. Igual tarea corresponde a todos los docentes.

JUAN JOSÉ ROMERO PARRA
jjromeroparra@hotmail.com
Docente INEM
Cartagena, 10 de junio de 2012