jueves, 5 de julio de 2012

Alegoría con el pie en el suelo

“échale orín… búscate un poquito de gas –kerosene-, úntale saliva -propia y ajena-”

En la barahúnda provocada por la aprobación de la reforma a la justicia y la objeción de la Presidencia de la República con el consecuente llamado a sesiones extraordinarias del Congreso para “hundir” y archivar ese engendro neonato, una información de prensa contaba que entre las excusas esgrimidas por algunos honorables padres de la patria para no asistir al recinto apareció ésta: el susodicho tenía una “uña encarnada”.

¿Quién no soñó con la corona y el cinturón de campeón del mundo? Ser el poseedor de la corona que dejó escapar por su indisciplina Bernardo Caraballo? Al emular las hazañas boxísticas de Pambelé, del Rocky Valdez y sus batallas contra el argentino Carlos Monzón, la visita –a hurtadillas- al Gimnasio de Chico de Hierro o a la Caldera del Diablo era infaltable.
...status social de fuerza, coraje y valentía

La uña del dedo gordo del pie –izquierdo o derecho, no importa- al recibir el impacto de la piedra saliente o el muro, empezaba a sangrar. Pondo. Es más elevado que el simple uñero. Pondo. Denominación compartida por toda una generación que creció con el pie en el suelo, la pata pelá o a pie pelado. Más allá de abarcas, alpargates, guaneñas, guaireñas, chancletas, sandalias, suecos y toda esa parafernalia que en la actualidad ha derivado en sandalias de marcas a precios exorbitantes.

En alguna ocasión le escuché a alguien afirmar que “cartagenero que se respete debe haber sufrido la suerte de encontrarse un pondo”. Estimo que tal experiencia es muy común, también compartida por los habitantes del Caribe. En aquellos días, el pondo confería un status social de fuerza, coraje y valentía. No incapacitaba ni impedía continuar con las extenuantes labores cotidianas de descubrir un mundo nuevo: el mundo del deporte, de la aventura de recorrer espacios vedados para menores de edad, de husmear y meter (en este caso, no las narices, sino el pie) en todo lo que se atravesara en la expedición de abandonar el refugio seguro de la niñez, con tantos mitos y miedos infundados por los mayores; trasegando hacia la juventud con la avidez de conocerlo todo, probarlo todo; derribando –de paso- las fronteras invisibles del “no puedes…no debes” teniendo como cómplice el mar, siempre el mar, las playas, las orillas del río, la poza, la ciénaga. El contacto con la naturaleza y sus misterios de vida podrían catalogarse como íntimo, inminente e imprescindible.

“échale orín… búscate un poquito de gas –kerosene-, úntale saliva -propia y ajena-” eran parte de los primeros auxilios, aplicados al poseedor del pondo, quien con el dedo esmondarillado (pelado y en carne viva) trataba así de evitar la curación profesional con el infaltable merthiolate o el yodo, a los cuales se les tenía pavor.

En algunas regiones se les ponía hasta ceniza, -me cuenta Cecilia, que en su Soplaviento natal sufrió los rigores de la temida “cura de burro”: limón con sal, aplicado por la abuela Mayane para erradicarle un pondo pernicioso, reincidente y enconado. Porque existían varias categorías de pondo. A falta de esparadrapos, gasas, agua oxigenada servía una tira, arrancada a un trapo viejo –los restos de una camisa, una falda o un corpiño- las mismas que se utilizaban para la cola de las cometas, barriletes y pandongas.

¿Quién no soñó con la corona y el cinturón de campeón del mundo? Ser el poseedor de la corona que dejó escapar por su indisciplina Bernardo Caraballo? Al emular las hazañas boxísticas de Pambelé, del Rocky Valdez y sus batallas contra el argentino Carlos Monzón, la visita –a hurtadillas- al Gimnasio de Chico de Hierro o a la Caldera del Diablo era infaltable. Mientras el beisbol hacia parte de la rutina diaria con bates improvisados con las caña bravas tomadas de las cercas que delimitaban los linderos invisibles de las casas –en el barrio no estaba vedado el entrar o salir a cualquiera de los hogares de la cuadra- tan grande es el grado de camaradería y familiaridad que algunos nos “prestábamos” para ayudar a los amigos en sus quehaceres hogareños y de esta manera, ellos tuviesen mayor disponibilidad de tiempo que compartir en el juego programado.

Hace pocos días rememorábamos, con el Dr. Álvaro Ballestas, esa época de los palos de uvita de playa a la orilla del mar; la brisa marina que jugaba con las flores de los mata ratones; los partidos de beisbol en la playa. Cuentan que hubo una época en que los Boquilleros cuando el bateador era peligroso fildeaban en botes.

La generación del pondo es la misma que creció escuchando la radio, viendo la televisión en blanco y negro; con la imaginación vigorizada desde las fuentes fecundas de las hojas de los libros; compañeros infaltables no sólo de las labores escolares sino también de los ratos de asueto, de convalecencia, de tertulias, debates y hasta servían como pretexto para iniciar una relación de noviazgo.

Con la irrupción del urbanismo y el sometimiento a la sociedad de consumo el pondo desapareció. Lo ha sustituido la uña encarnada –producto de la visita de la manicura y/o pedicura que sin esterilizar (de acuerdo con las normas de higiene) sus implementos, ocasiona una infección- con la inevitable incapacidad laboral porque en la Eps deben extraer la uña dentro de un procedimiento de cirugía menor programada según los protocolos de la Ley 100.

JUAN JOSÉ ROMERO PARRA
jjromeroparra@hotmail.com
Docente Inem.
Colectivo Ojo de Alcatraz
Cartagena, 3 de julio de 2012e