domingo, 29 de julio de 2012

Ring de mentiras con puños de verdad

Peleas de 'pelaos', disgusto de mayores

A Bernardo, Senen Alberto, Elvia, Carlos y la Nena: La fraternidad va más allá de la sangre.

Al 'Máscara' todos los alumnos de Primero de Primaria le tenían miedo: les quitaba los lápices, les arrancaba las hojas de sus cuadernos, con palmadas en la espalda (bojazos) y golpes en la cabeza (cocotazos) les salía al encuentro para “saludarlos”. Miguel María Maturana, se llamaba, con sus catorce años de edad y repitente eterno de Tercero porque cancaneaba al leer y se le enredaban las tablas de multiplicación; tampoco entendía las divisiones ni las restas. “Confunde hasta la gimnasia con la magnesia” le escuché decir, en una ocasión a la Seño Guillermina. Con los puños era un prodigio; tanto que años más tarde se convertiría en el primer campeón mundial de boxeo aficionado que tuvo el país; cuentan sus vecinos más cercanos que en el colegio se desquitaba, pegando y asediando a sus compañeros más pequeños, de las tundas matutinas que le proporcionaba su padre cuando llegaba a su segundo hogar para poner las cosas en orden.

La Seño Guillermina, la directora de la Escuela, le tocaba fungir como árbitro de boxeo para separarlos en las peleas continuas que protagonizaba con el 'Rau' -Raulito Corpas Valiente, sobrino del boxeador apodado 'El Zurdo Valiente' y vecino de Mario Rosito quienes entrenaban con el gran Mochila Herrera- enquistado en Segundo de Primaria por sus serias deficiencias académicas. Raúl, lideraba el desorden, la indisciplina, el acoso y el ultraje a los estudiantes de menor edad, pero hasta el 'Goyo Meza' con sus quince años y plantado en Primero porque no distinguía la o del cero y no retenía nada de todo lo que debía memorizar. El Goyo lo evitaba.

Épicas, no había otra manera de denominar las peleas entre el 'Rau' y el 'Máscara' cuando se encontraban en la esquina del señor Blas, casa aledaña a la Escuela, sitio de encuentro y solaz de todos los desocupados del barrio quienes por la ausencia de un parque o canchas para la práctica del deporte, tomaban la esquina como el escenario preciso para matar las horas de vagancia obligada por la falta de empleos y que utilizaban para enterarse de la vida ajena, arreglar el mundo en polémicas interminables y propiciar peleas, azuzando las contiendas entre compañeros: Felipe Orozco le rompió la cabeza a Eduardito Puello con una piedra porque alguien le llegó con el dato que el susodicho andaba regando la especie según la cual, la Señora Juana Orozco (abuela de Felipe y de José Miguel, el Ovejo) vendía el mondongo fallo. Había alterado las pesas de la balanza con plomo y brea derretida. Veinte reglazos a cada uno, fue la sanción impuesta y ejecutada por la Seño Mercedes, con la anuencia de la Directora y ratificada por los padres de familia de los implicados en la reyerta.

A mí me tocó pelear contra Raulito. Digo 'me tocó' porque en su sano juicio ¿quién iba a exponerse pasar por semejante trance? Cursaba Quinto y mi hermano llegaba a Tercero. Un día me enteré que lo amenazaba constantemente, se la tenía montada. El detonante de la guerra fue un collar que mi tía le trajo a Bernardo de Venezuela –cuando el Bolívar tenía valor- y él ostentaba orgulloso. Raúl le quitó el collar y le dijo “haz lo que te dé la gana, no te lo devuelvo” Sus compañeritos fueron a avisarme en plena hora del recreo y se formalizó la pelea: “a la salida nos vemos” fueron las únicas palabras que cruzamos ante el asombro y la estupefacción de mis compañeros de clase porque esa semana yo había recibido mención de honor por la disciplina y el desempeño académico, fui designado para izar la bandera en el acto comunitario, pero el mayor motivo de sorpresa radicaba en el hecho que ellos me conocían y compartíamos el amor por los libros y la lectura, siendo escasas y limitadas nuestras dotes como peleadores o pugilistas. No hubo necesidad del protocolo de desafío, tocarle la barbilla o romper la patilla imaginaria que portaba el azuzador de peleas; el que rehusara se le consideraba cobarde y debía buscar el exilio o encerrarse en su casa por varias semanas.

Culminó la jornada escolar y cuando me asomé a la puerta de salida del Colegio la aglomeración de estudiantes me impresionó: se regó la bola de la pelea hasta el extremo que de las escuelas vecinas llegaron delegaciones de estudiantes ávidos de emociones y de espectáculos que interrumpieran la monotonía de su rutina diaria. Sin camisa, escudado por Adnery, Tiberio y el 'manco' Joselito -compañeros de clase y amigos de andanzas- avanzaba hacia la esquina. Los libros, la camisa y los zapatos los tenía asegurados en la casa de Rubén Nevera, donde Nacho, Johnny y Rubencito; lo llamábamos el 'ahuevado', hijos del técnico de refrigeración, se encargaban de guardar cualquier cachivache que les llevaran sus compañeros y cobraban bodegaje.

El tiempo pareció detenerse y el espacio se hizo inconmensurable: cuando más avanzaba, más lejana se veía la esquina de la casa de Blas Blanco, un marino mercante nacido en Tolú que había sembrado clemones, robles y almendras en el frente de su vivienda donde convergían tres calles. Caminaba con el alma. Mi corazón de niño se me quería salir por la boca. Caminaba empujado por el desafío planteado a mi honor de hermano mayor y a mi dignidad de estudiante de Quinto. Mis pasos los impulsaba la necesidad imperiosa de conservar incólume el orgullo en la escuela y en el barrio, impelido por el deber fraternal de dar ejemplo a mis hermanos menores y salvaguardar así el coraje y el orgullo de la familia porque “con los Romero y los Parra nadie se mete sin afrontar las consecuencias” Nos decía, cuando estaba sobrio, el tío Bartolo, mientras afilaba su machete. El mismo tío que había llevado de la mano a Miguelito, mi primo, para que peleara contra el Goyo, con el ultimátum que “si no peleas y no le ganas, te pego yo. Tienes que darle duro para que se le acabe la rasquiñita contigo” Pues resulta que el Goyo se aprovechaba de su estatura y cada vez que se lo encontraba le coronaba a Miguelito sendos cocotazos.

Al fin divisé al contrincante con sus secuaces y cuando ya nos cuadrábamos en ese ring de mentiras con puños de verdad, como si fuese una pelea de título mundial igual que las batallas de Caraballo contra Harada, en el Japón o el mismo Caraballo con Joffre, o el gran Cassius Clay contra Sony Liston, o después con Joe Frazier. Aparecieron, de improviso; irrumpieron como un remolino en una hojarasca haciendo revolotear todo el estudiantado, la Seño Guillermina y el grupo de maestras repartiendo manotazos y apartando a Raúl y a mí que trenzados en el intercambio de puños y en el 'empuja empuja' de la improvisada concurrencia terminamos en un 'cuerpo a cuerpo' digno de una velada de lucha libre. Detrás llegaron mi mamá y mis cinco tías avisadas por Carmen Capela (conocedora de todo lo que sucedía en el barrio, aclaraba siempre que a ella no le gustaba chismosear).

Hace pocos días me topé con Raúl, ahora pensionado del Terminal se desempeña como mototaxista -para no aburrirse- y me contó que el 'Máscara' fue sometido a un proceso de rehabilitación y en la actualidad trabaja como entrenador de boxeo en otro Departamento. El Goyo, en estos momento labora como contador en la Kola Román.

-¿Cómo, si apenas podía contar hasta el cien?
-Créelo, trabaja con la embotelladora Coca Cola desde hace bastante rato; como te digo es contador;
-¿Contador? ¿no me estás mamando gallo?,
-hombre, sí, contador: cuenta las cajas que deben acarrear desde las bodegas hasta los camiones…

¿DESDE CUANDO SURGIRÍA ESTO QUE AHORA LLAMAN BULLYNG (TRADUCCIÓN FEA: MATONEO)?

Bullyng o Matoneo en las calles de Cartagena ColombiaJUAN JOSÉ ROMERO PARRA
jjromeroparra@hotmail.com
DOCENTE INEM
COLECTIVO OJO DE ALCATRAZ
CARTAGENA, 26 de julio de 2012
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