domingo, 12 de agosto de 2012

Ataúdes cambiados, lágrimas ajenas

“el valor del llanto radica en el hecho de saber qué lo produce y hacia donde va dirigido”

“Muerto es muerto y todos los muertos se parecen.” Con la contundencia de este razonamiento expresado en tono enérgico, trata Lina de hacer reaccionar a la prima Adalgiza. Convencida que ésta, sumida en el dolor de contemplar a su progenitora yaciente, desvariaba.

El Blanco, hermano menor, asiduo lector de tratados filosóficos y esotéricos, con la mano en la barbilla, se acerca a Ada y trata de convencerla:

–Mi hermana, cálmate, tranquilízate, fíjate como ha avanzado la ciencia. La Niña siempre fue prieta, después que la internaron en la Clínica nos la devuelven con la tez más clara, casi blanca. Es el avance científico, hermana mía. Me inclino ante la ciencia.

–Esa no es mi mamá; esa no es La Niña, me la cambiaron; además, fíjense, esa señora mueve la cabeza ratificando mi apreciación, mírenla como dice que no con su movimiento de cabeza.

Sol Albania
El Oriente Eterno

Ada se ponía y se quita las gafas bifocales –como decía Lina: “Uno después de los 40 años de edad tiene problemas óptico-sexuales: no ve un culo”. Cambia de ángulo, se sitúa detrás de la cabecera del féretro, se mueve hacia un lado, hace un vértice de 180 grados, se coloca en diagonal. Insiste en pedir que se fijen:

–La Niña mueve la cabeza, diciendo que no.

Ninguno de los presentes en la velación se atrevió a decir que Ada estaba loca. Loca, palabra vetada en una comunidad caracterizada por su original visión de la vida y de las cosas, dotados con una picardía y repentismo únicos que permite mamarle gallo a todo y siempre tienen el apunte jocoso, divertido, pintoresco en la punta de la lengua. Hecho que constituye la base para que en toda la región se diga que “los Soplavienteros son locos”. Locura que no impide descubrir en este municipio - cuna de Catalino Parra Ramírez, fecundo compositor e insigne vocalista de los legendarios Gaiteros de San Jacinto- la tasa más alta de profesionales universitarios autóctonos.

La Niña, muchos se enteraron de su verdadero nombre a través de los cárteles que la funeraria regó a lo largo y ancho del pueblo: “Descansó en la paz del Señor JOSEFA MARIA SARÁ CASTILLO…” No faltó el despistado que preguntara: ¿Quién había muerto además de La Niña? Siendo la menor entre siete varones, era obvio que la llamaran así, tanto que a pesar de haber contraído matrimonio con Jorge “yuya” Ruiz, le parió nueve hijos –parecida a la situación de Ahinelda García, que con diez embarazos consecutivos, afirma que “permaneció once años preñada y con todos nacidos vivos”– a sus ochenta años. Con la muerte a cuestas, todos la siguen llamando Niña.

El dilema de Ada Ruiz se torna insoluble, con la incertidumbre si en realidad La Niña era la Niña o estaban velando a una impostora que usufructuaba el ritual de la velación. Indiferencia ante la vida, reverencia ante la muerte. Ritual de esperanza o perplejidad ante el enigma de la vida. Culto a los límites de la existencia. Ritual que te asoma al abismo del ser o no ser. Vida o muerte, muerte o nada, vida o nada, muerte para la otra vida. Muerte y nada. Ritual de muerte para la muerte; morir para vivir. Ritual completo de llanto a grito herido, oraciones, lamentos y llanto hablado.

Hay en los velorios, varias formas de llorar: El llanto silente, con lágrimas furtivas o escondidas en la oscuridad de las gafas de sol. El llanto sin lágrimas: la persona gime y se suena la nariz y puede agregarle a sus gemidos un Ayayay agudo y prolongado. El llanto hablado o gritado, el doliente con lágrimas, pañuelo en mano para secarse los fluidos nasales que acompañan al raudal de lagrimas, empieza a mencionar los acontecimientos o experiencias compartidas: “Ayy, me vas a hacer falta…tu que sabías hacer el mejor arroz con coco de la región…Ayy, ¿ Ahora quien preparará las hicoteas y el bagre en la semana santa? Ayy, tu que me dijiste que no te querías morir sin ver a Ada organizada.

Los llantos actúan como detonante de una explosión de dolor porque contagia hasta aguársele los ojos a todos los presentes que también –como por inercia o histeria, o las dos cosas- gimen y moquean al unísono alcanzando el clímax de uno o varios desmayados. Situación que se repite con la llegada de cada familiar, vecino o amigo o curioso quienes con un abrazo o con golpecitos en la espalda o un soba-soba en la parte baja de la espalda del otro dice: “Sentido pésame, sentidas condolencias, sintiéndolo mucho, etcétera”. Se acerca al ataúd le echa un vistazo a la persona fallecida y dependiendo del grado de familiaridad puede aferrarse a la caja o casi recargarse hasta golpearla con manotazos repetidos o permanecen en actitud hierática como si fuese cámara ardiente. Después se ubican a conversar con alguien que hace mucho tiempo no se veían y aprovechan la ocasión para renovar los votos de amistad o familiaridad deteriorados o quebrantados por el tiempo y la distancia o alguna desavenencia o disgusto. El ritual varía de acuerdo con el estrato social, la condición del fallecido y los acontecimientos que derivaron en su muerte.

Salvó a Ada la llegada de la prima Sara, la esposa de Román Orozco, el piloto del ferry que reemplazó el puente sobre el Canal del Dique –brazo del rio Magdalena, construido por los españoles– y “le moja las costillas a Soplaviento y Arenal, municipios vecinos separados por el agua del canal” comenta Joche Sarmiento, heredero de las indagaciones históricas de Cicerón Castillo. Sarita, sus hermanos primero, y después todo el pueblo con cariño, debido a su contextura física, le agregaron un segundo nombre: Gorgojo.

Después de cuatro horas de velación, de seis repartidas de café, de cuatro tandas de agua aromática, de tres botellas de alcohol para los privados y las desmayadas, Sarita Gorgojo dio el puntillazo que salvaría a Ada de las dos pastillas de Rivotril que Lina le tenía preparadas con un vaso de agua panela, a instancias de Carmencita Mendoza: “para dormirla por tres días seguidos y se reponga para las nueve noches, porque si sigue así no va a resistir y ella debe estar presente para atender a todos los visitantes”. Ángela Silva, amiga cercana y Lucho Faltedad, contemporáneo de su hijo mayor, la respaldaron: “Esa no es La Niña”. Jorge, el hermano mayor, solicitó a la concurrencia salir de la sala. A puerta cerrada, entre todos los hijos abrieron el féretro y auscultaron el cadáver comprobando que la fallecida con su complexión física, varios lunares y verrugas era una persona distinta a su adorada Josefa María, La Niña.

Surge, entonces, la pregunta esclarecedora que inquieta y sume en la angustia ¿Dónde está el cadáver de La Niña? La intuición permite resolver aquello que adquiría, ya, las dimensiones de una catástrofe: una llamada telefónica. Dos familiares acudieron a la Funeraria e indagaron en las salas de velación, ese mismo día habían preparado los cuerpos de cuatro señoras, y dos aguardaban ahí el momento del sepelio.

Al comprobar la equivocación producida al trastocar las tapas de los ataúdes (desde el inicio de la preparación, los tanatólogos les adhieren una cinta con el nombre completo de cada finado) surgió el suceso que la prensa hambrienta de noticias escabrosas o distractoras ha llamado “EL CAMBIAZO”.

Un funcionario de la funeraria contó, de manera extraoficial, que los familiares de La Niña actuaron dentro de los parámetros de la discreción, la prudencia y la sensatez de entender que no hubo mala intención ni deseo de ocasionar daño, mientras que los allegados de la otra señora sólo se percataron de la sustitución del cuerpo cuando los empleados de la funeraria les manifestaron el insuceso, presentando sus excusas e iniciando el procedimiento para reparar la equivocación. Fueron ellos quienes llamaron a todos los medios y han amenazado con demandas millonarias porque “Por su ineptitud lloramos a una muerta ajena” dijo ante las cámaras una pariente de la difunta cambiada, resguardada en las sombras de sus gafas de sol.

Los periodistas, camarógrafos y reporteros invadieron y quebrantaron la solemnidad del ritual del entierro de La Niña. Elida Daza, desde la terraza de su casa, exclama con voz potente:

–No entiendo por qué tanta bulla de la prensa, qué es esa faltedad, una equivocación la tiene cualquiera, errar es humano. Vean, hasta a mí me sucedió. Al morir mi tía Elida Daza de Mendoza, salí enseguida para la ciudad, llegué a la funeraria los Olivos, y pregunté: ¿Dónde están velando a mi tía?

-En el segundo piso.

–Subía las escaleras y sentí como me gorgoriteaba la garganta, me zumbaban los oídos y se me oprimía el pecho, tía Elida, era todo, para mí. Entré a la primera sala que vislumbré. Obnubilada por el dolor de su partida, caminaba con el alma, iba hacia donde me llevaran los pies. Apenas me topé con el ataúd solté el lamento que traía atravesado a lo largo del cuerpo: ¡Ay mi tía! Casi pierdo la noción del tiempo, porque la muerte de un ser querido es algo indescriptible, hay que vivirlo para poder entender ese hecho de saber que no podrás contar más con esa persona. Te coloca en el límite de la existencia y te obliga a afrontar el enigma de comprobar que `` somos seres para la muerte’ cómo dijo un filósofo francés.

Tía de mi vida, tía de mi alma. Gritaba. Me abracé al cajón con los ojos inundados en llanto, pero, en medio de mi dolor me percaté del silencio que rondaba la sala donde algo más de veinte personas me observaban con gestos de extrañeza, fue entonces cuando reaccioné, miré el ataúd, y sentí cómo me tragaba la tierra: ¡un señor!, era un señor a quien velaban ahí.

Como pude me levanté, arreglé mí vestido de luto y salí habiendo pasado la vergüenza más grande de mi vida; por eso cuando llegué a donde estaba mi tía le dije: ``lo siento, Elida, de mi corazón, ya no me quedan lágrimas para llorarte porque en la otra sala de velación casi me desmayo de dolor en tu nombre´´.

“Cierto, Elida.” Remata Jesusito López –se ufana de asistir a todas las exequias y velorios en el pueblo y además ayuda a cargar el féretro en el cortejo fúnebre hasta el cementerio- Te digo que: LO QUE MÁS PUEDE DOLERLE A UN DIFUNTO ES NO TENER QUIEN LO LLORE.


Ataúdes cambiados, lagrimas ajenas. Juan José Romero Parra profesor del INEM Cartagena ColombiaJUAN JOSÉ ROMERO PARRA
Docente INEM
Colectivo OJO DE ALCATRAZ
Cartagena, 5 agosto de 2012