martes, 4 de septiembre de 2012

El maestro: entre la realidad y la ficción

Homenaje a Emery Barrios Badel

“Enseñar debe propiciar un aprender comprendiendo, atendiendo lo que se está haciendo,para que no siga siendo una simple recepción mecánica, sensible”. José Iván Bedoya.

Un destello de luz blanquecina partió en dos mitades su pensamiento. Sólo así, de esta forma, pudo comprobar que existía, que estaba respirando y que había nacido para hacer algo en este mundo. Un momento de éxtasis lo invadió y alcanzó a comprender que enseñar es cosa de artistas, que debía poner en ese quehacer un poco de su existencia. Sintió miedo del mundo, pero su amor era grande para dejarse vencer por las adversidades.

Él maestro sabía que aún había personas que degradaban su oficio y que creían que enseñar es instruir o lanzar información para que los otros repitan como autómatas. Sabía o intentaba explicarse que los demás no comprendían la universalidad del ser maestro; pues lo miraban con desdén siempre que él comenzaba sus charlas.

Muchos atrevidamente, desconociendo totalmente lo que es ser maestro, lanzaban improperios contra todo lo que oliera a magisterio. Él lograba comprenderlos y les perdonaba porque sabía que nunca habían conocido el amor al prójimo ni mucho menos el significado del conocer, del aprender y de enseñar. Estaban llenos de opiniones vagas y erróneas, y eso los hacía endebles cuando intentaban argumentar.

El maestro pensó que eso ya lo había vivido otras veces; quizás todo había sido un sueño mil veces soñado en otros tiempos de abundancia, cuando la miseria de espíritu no existía; cuando su padre le enseñaba a través de parábolas, que era mejor aprender a pescar para mitigar el hambre, que tener un pez para el momento.

El pensamiento del maestro se fue diluyendo en brillos milenarios, repartidos en pedacitos multicolores cargados de ese afecto que sentía por los más débiles; luego esas ideas recurrentes se fueron incrustando en los meandros de su memoria. A él le hacían sentirse más fuerte y con ganas de seguir enseñando con sabias palabras.

Entonces se perdió en las profundidades oscuras de la meditación; una lluvia de interrogantes brotó cual manantial catalizador de su energía vital. Verdaderamente ¿Era un artista? ¿Era un maestro o un enviado de la providencia para recibir los escupitajos de sus enemigos? ¿Qué significaba poner parte de su vida para que los otros se sacien con él, invisibilizándolo y considerándolo uno más de los tantos que hay recorriendo el mundo? Eran preguntas que nacían límpidas como el niño recién nacido.

Una y otra vez se martirizaba con aquellos interrogantes. No sabía cómo responderse, aunque su cabeza era una caldera ardiente de ideas y proyectos que intentaban desbordarse hacia sus discípulos. Pensó que de su obra, de sus palabras no estaba quedando nada. Se lamentaba cuando conversaba amenamente con nosotros de esos temores arraigados en su ser, pero no daba su brazo a torcer. No era tan cobarde y los retos lo hacían un verdadero líder.

¿La humanidad quizás lo estaba olvidando o lo relegaría al cuarto de los trastes viejos? No lo podía afirmar categóricamente. A pesar de todo se empecinaba en enseñar, porque la clarividencia de un futuro mejor lo estimulaba a no abandonar sus propósitos. Aún tenía la esperanza de una vida equilibrada. Para él enseñar era belleza que disfrutar y deleitarse.

En él pervivía una voracidad casi enfermiza de crear y de ayudar a construir un mejor “status” para sus discípulos y creyentes. Esa idea lo acompañó desde que decidió ser maestro de aquella masa apachurrada por la pobreza y desarrapada de jóvenes y niños que seguía sus enseñanzas.

El maestro recordó a su viejo maestro cuando éste le expresaba con aquella lucidez de prestidigitador que “El estado mejor organizado es aquel en que todos los individuos que lo conforman convergen para lograr el fin político: la justicia, según sus diversas aptitudes o disposiciones naturales”. Sin embargo, ahora no era más que un maestro acosado por la incertidumbre de unos tiempos aciagos y violentos; pero, un maestro empecinado en seguir los dictados del corazón, la razón y la pasión de enseñar. Concebía la ignorancia como aquel estado de llenura; llenura de opiniones acríticas que se soportaban en el uso muchas veces de la fuerza bruta y opresiva de la insensatez; llenura porque no se hacía la reflexión de lo aparente, de lo que se cree es el verdadero conocimiento.

Volvió a sentir en sus cansados huesos la energía de la juventud acumulada en sus saberes y pidió con el corazón en sus manos porque todos comprendieran que “el amor por el saber no se agota en su adquisición o en su transmisión, sino que consiste en última instancia en saber despertar la verdadera dinámica para que se desarrolle completamente en forma autónoma”.

La búsqueda de la belleza y el conocimiento le había conducido a entender que su esencia no era terrenal; que estaba en otra dimensión, en un estado místico de epifanía. Él siempre creyó que detrás de todo, una fuerza poderosa le guiaba siempre su imaginación. Se aferraba con fuerza para no caer de ese mundo incomprendido por la mayoría, pero que lo motivaba a seguir soñando por lo que él creía. Dejó que sus huesos descansaran un poco para continuar con su recorrido mental.

Un pensamiento ágil y dinámico lo acompañaba a componer y descomponer ese rompecabezas cotidiano que el común de los mortales critica sin saber, desconociendo cómo se realiza ni cuál es el tiempo y la zozobra que se sufre en su cristalización.

Reducido a esa actividad enfermiza de crear siempre pensando en los demás, buscaba formas de hacer que sus enseñanzas fueran diferentes y cumplieran sus propósitos. No quería quedar con el remordimiento de haber existido y no haber tenido la valentía de manifestarse bellamente con sus palabras y sus actos. Caía en un vórtice desesperado al no encontrar una salida rápida a sus deseos inmediatos y apremiantes: ver a sus discípulos guiando con consejos a una muchedumbre ávida de justicia y amor.

El maestro con el ancestral mecanismo de mantenerse escuchando la música del mar interpretada por las gaitas y tamboras de su tierra, engañaba la premura de los tiempos del olvido. No decaía tan fácilmente, porque sus sueños serían soñados y cumplidos por otros. Sus huellas quedarían para la posteridad. Sintió un descanso perenne y un sopor tranquilizador le invadió todo el cuerpo. Parecía que su corazón se dividía en pedacitos luminosos. Era el momento, pensó; cerró sus ojos y se olvidó de él, extasiándose del deber cumplido.

No se dejó engañar por la dulzura aletargante del momento y suspiró haciendo entrar en sus pulmones el aire pegajoso y salobre de aquel septiembre caribeño.

El sol aún no se ocultaba. La brisa le recordó el compromiso que tenía aquella tarde con sus discípulos y compañeros. No supo qué hacer y recordó lo leído en algún libro védico: “todo discípulo debe tener conciencia que desear conocer, que necesitar conocer, debe mantener o preservar ese deseo como una aptitud incesante que le va a permitir dinamizar en él un verdadero proceso de conocimiento autónomo”. De belleza y libertad, diría él.

Sintió una liberación plena. Sus demonios quedaron encerrados en un pretérito infecundo. Ya no habría que temerle a la desesperación de tener que salir de aquel encierro y tener que cargar con ellos, pues, ahora, todo estaba como el destino se lo marcaba en las estrellas,...un camino lleno de tulipanes amarillos y añosos le enseñaría a meditar desde la otra orilla del océano. Entonces, se maravilló de su descubrimiento. Dejó escapar una sonrisa rosada de su boca. La máscara que por mucho tiempo le ocultó su verdadero rostro cayó al piso de tierra y horadándole sus sentimientos de inmortal le hizo alcanzar la máxima excelsitud del artista y del maestro: haber descubierto que la belleza se encuentra en la simplicidad de las cosas. Que la naturaleza no niega su esencia. Que se puede morir cuando se tiene conciencia de la misma muerte.

Nota: Algunas ideas entrecomilladas me fueron señaladas por la lectura del libro Epistemología y Pedagogía, ensayo histórico crítico sobre el objeto y método pedagógico, del Profesor José Iván Bedoya, Ecoe ediciones, Sexta edición, 2009.

Escritor. Docente Colombiano. Vive en Cartagena de Indias.Edinson Pedroza Doria*
zadrope_7@hotmail.com
Docente de español y Literatura del Distrito de Cartagena de Indias Colombia en la Instituciòn Educativa Nuestra señora del Perpetuo Socorro y de la Fundaciòn Universitaria Tecnològico Comfenalco. Amante de la lectura y la escritura. Nacìó en Villanueva Bolìvar. Egresado de la Universidad del Atlántico.