domingo, 14 de abril de 2013

El último toro de la última tarde

"..."la fiesta de corralejas es una oda al fatalismo, porque de algo uno tiene que morirse y si cuando toca-toca, entonces, da lo mismo esperar la muerte en el lecho nupcial o en la precipitud y la tremolina de ese tiempo sin fín que se inicia con el sol de las dos de la tarde;..."


La mezcla de ritmos, sones y melodias hacian de los alrededores una babel musical: porros, champeta, vallenatos, salsa, son cubano, jíbaros, reggae y tantos más de una lista interminable producida por el bullicio de los equipos de sonido de cada uno de los negocios instalados en la plaza, donde imponente y con la majestad de un lugar de culto se erige la corraleja.

Fuente: Internet

Catalino Marrugo había jurado que nada lo detendría en el cumplimiento de su propósito: sacarle dos mantazos al toro que cerraba la jornada de la fiesta patronal. Con sus 26 años a cuestas, mantenía en su cuerpo las evidencias de las peripecias taurinas acaecidas en años anteriores: una cicatriz desde la punta de la nalga izquierda hasta el omoplato derecho, cuando un toro barcino -El Chivo Mono- de cuernos afeitados "le sobó el cacho" (como le decían, entre risas, sus amigos) al toparse de frente con Catalino y éste en su estampida tropezó y quedó tendido en el ruedo.

Más tarde, un toro bravo de Juancho Perna lo dejó casi desnudo, porque cual sastre, lo tomó por la bota del pantalón de lino olán y se lo abrió en mitades incluyendo el calzoncillo gef que le había regalado Sixto, su hermano mayor, quien para las fiestas llegaba cargado de obsequios dentro de la tradición de estrenar ropa y lucir los mejores accesorios durante estas fechas.

"No voy a claudicar." repetía, pues, ni los ruegos y súplicas de la madre ni la medida desesperada de Sixto al maniatarlo en el horcón de la cocina ubicada en el traspatio de la casa solariega -ubicada en la calle de las flores de su Turbaco natal- "Porque, tú, no nos vas a dañar las fiestas" vociferaba, sudoroso, Sixto - cabuya en mano- mientras familiares, amigos y vecinos, con sus mejores galas se dirigían (como si fuese una procesión o peregrinación) hacia la corraleja, de ese domingo interminable entre tragos de ron, whisky, cervezas; inmersos en el maremágnum musical que parecía brotar desde la tierra.

Tampoco los tres meses de hospitalización y las dieciocho semanas de terapia física de rehabilitación, cuando debió aprender a caminar mientras sanaban los injertos de piel y se suavizaban las cicatrices producidas por el cuerno derecho del toro bayo que lo embistió, hiriéndolo en la espalda; lo izó y dándole tres vueltas en el aire, luego lo lanzó como a cien metros hacia arriba. Impresionante, tanto que el camarógrafo oficial del evento se aturdió ante ese hecho inédito, se le apagó la cámara y el cerró los ojos junto a casi las veinte mil almas que atiborraban el recinto que asemeja el circo romano; las cinco bandas pelayeras interrumpieron la interpretación de María Varilla y el Ayyyy yayayyyyyy de la muchedumbre llegó hasta la cocina de la casa de la familia Marrugo Marrugo -afanados en la preparación del próximo sancocho- junto con el aleteo de las mariposas negras que inundaron el recinto, cubriéndolo de luto.

Un toro que se volvió porro. Un toro que se volvió canción. Catalino, había enfrentado al toro más popular de Arturo Cumplido, El Balay. El toro Balay, quien años después murió en tierras Cordobesas. Quedó su cuerpo tendido en la arena/ porque el que es valiente nunca llega a viejo/ había recorrido varias plazas/ y lo mataron en Carrillo.

De la ascensión y caida propiciada por la cornada del Toro Balay, Catalino sólo recuerda el instante cuando el animal se le aproximaba a toda velocidad y después todo fue oscuridad, tinieblas. Despertó preguntando dónde estaba y si "alguien había agarrado la botella de ron que guardaba en el bolsillo izquierdo del pantalón que apenas estrenaba."

"Por ahí llevan a tu hermano muerto". Llegó volando la mala noticia. Sixto departía con varios colegas. Como buen anfitrión atendía a todos sus amigos forasteros quienes se instalaban en su casa. Armaban tertulias eternas, aderezadas con el sonido crocante de los chicharrones con yuca esmotada y suero atolla buey (que en cantidades generosas aportaba Nando Arrieta, Sanjacintero, PHD en finanzas y negocios) Al mismo tiempo que la voz tronante del patriarca Manuel, progenitor de Catalino, Sixto y otra docena de hijos más y a quien le gustaba remedar a Alejo Durán y decía: "todos mis hijos los tuve con la misma pero con distintas mujeres"; matizaba el ambiente con la melodía de las décimas repentistas cargadas con la sabiduría de quien ha obtenido con profundidad las enseñanzas de la vida, por encima de la teoría de los libros.

La fiesta en honor de Santa Catalina de Alejandría es la excusa perfecta para una celebración que se prepara durante un año entero, para disfrutar cinco días. La celebración religiosa se desliga de la fiesta profana y no coinciden en las fechas como una medida que permite ampliar el margen de las manifestaciones populares: junta organizadora permanente, reina y capitana de las festividades, cabalgatas, desfiles con caballos de paso fino y caballitos de palo para afianzar la tradición en las nuevas generaciones, bailes con los artistas del momento y toda la parafernalia de las corralejas.

La presión de los amigos parranderos, el afán de reconocimiento y prestigio social, la sinrazón de algo que se ha heredado por generaciones y nadie se ha atrevido a cuestionar, son algunas de las motivaciones que impulsan a Catalino a trazar su destino con las letras indelebles de un compromiso ante el cual no puede retroceder, rendirse ni esquivar. Tomó como testigo la plaza principal, que resguardada por la imponencia del templo católico, la casa cural, la alcaldía municipal y las oficinas gubernamentales (nido de la burocracia estatal con laberínticas dependencias donde nada pasa-, todo se pierde - nadie responde y crece así la cadena de corrupción que sume a estos pueblos en el más absoluto abandono, lejos de la mano de Dios; porque parece que Dios hubiese tomado vacaciones. Dignos de su propia suerte.

El escenario de una tarde de corralejas no puede mirarse desde la simple perspectiva socio cultural y antropológica de un pueblo ígnaro con costumbres primitivas condenado a repetir hasta la saciedad los episodios mitológicos de civilizaciones idas en el tiempo. Cuando Catalino afirma, sin un trago de ron encima, que "el último día de las fiestas, al último toro de la tarde le va a sacar dos mantazos desde el centro del ruedo" de su voz brota el clamor de una región que comparte -además de la idiosincracia- una visión de la vida, de la historia y del mundo ligada a la música como representación estética que a partir del porro y el vallenato aunan percusión, vientos y lamentos que trascienden la cotidianidad y tocan las fibras del espíritu, pintan de colores el alma y la transportan por estados que sólo pueden sosegarse con la danza y el consumo de licor.

"Esa música pone a bailar hasta a un tullido" es el grito alborozado del Licenciado José Adonis Viecco, en la rueda del fandango, al mismo tiempo que saborea un trago de vino tinto de la copa que le sostiene una esbelta sabanera y le insiste a músicos de la banda que le complazcan con la canción de Pacho Galán , "cosita linda". Contertulio de Sixto, nieto de un italiano que cayó en paracaidas en la laguna de Luruaco, en el preciso instante que una damisela nativa al bañarse en las aguas cristalinas, engalanaba - con la donosura de sus carnes firmes- la belleza de ese paraje paradísiaco y se unieron el espaggethi y las pastas con la arepa e huevo.

"Una orgía de sangre, cornadas, licor, perfumes, hambre y muerte. Es la fiesta de corralejas, expresión de un pueblo que sufre y goza; que de la misma manera que se le enfrenta al toro debería enfrentarse a todos los retos de la vida personal y comunitaria." Afirma el Presbítero Agustín Elías, cura católico que en su primer viaje a Europa, antes de llegar a Roma y el Vaticano -destino de su expedición- buscó la manera de arribar primero a la Plaza de las Ventas en Madrid, catedral de la tauromaquia.

Wilson White, sabanero con raíces sajonas desde la altura de su metro, noventa y cinco expresa: "la fiesta de corralejas es una oda al fatalismo, porque de algo uno tiene que morirse y si cuando toca-toca, entonces, da lo mismo esperar la muerte en el lecho nupcial o en la precipitud y la tremolina de ese tiempo sin fín que se inicia con el sol de las dos de la tarde; los primeros pitos de las bandas pelayeras, los equipos de sonido alrededor de la plaza, los gritos de los vendedores de diversos productos, los relinchos de los caballos inquietos con sus garrocheros a cuestas; el bramido de los toros en los corrales, las ambulancias de la Defensa Civil; los pitos y cornetas de los enanos y payasos; las sombrillas o paraguas de los manteros de tanque o carretilla, presagían un soberbio espectáculo..."

"La fiesta de corralejas es una improvisación organizada -enfatiza Sixto- en toda la Sabana del antiguo Bolívar Grande, esta expresión cultural aglutina una empresa que da cabida a un sinnúmero de empleos y mueve la economía local y regional".

Desde el dueño de los palcos, los encargados de la adecuación del terreno, del montaje y desmonte de la corraleja, hasta los picadores, banderilleros, enlazadores y corraleros; sin contar con las bandas pelayeras con sus veinte o treinta integrantes, las diversas ganaderías que disputan los trofeos a los mejores toros, la mejor tarde, la mejor banderilla. Reconocimientos que se otorgan de acuerdo con la bravura de los animales, la disponibilidad para la faena de los treinta astados que desfilan desde las dos hasta las seis de la tarde y la suma de corneados, pisados, levantados y la respectiva lista de fallecidos en este remedo tropical de las epicas tardes romanas.

Existe una categorización de las corralejas de acuerdo con el aforo y se le añade el número de palcos y de pisos, también, la participación de ganaderías dan prestancia o quitan méritos a la fiesta respectiva. Durante las cuatro o cinco tardes de corrralejas, la salida de los toros al ruedo no es casual, corresponde al ganadero asignar el orden de aparición de los astados: desde los más jóvenes, nerviosos y ariscos hasta aquellos cuya veteranía los convierte en leyendas vivientes y en un peligro mortal para la muchedumbre de espontáneos que abarrotan las orillas o cerca de la plaza y pueden pagar con su existencia la osadía de enfrentarse a una mole de trescientos o cuatrocientos kilos de peso, entrenada para embestir, levantar del suelo, izar y elevar por los aires a cuanto se le atraviese.

El climáx de la fiesta de Turbaco se vive el día primero de Enero. Empieza el año y culminan las corralejas con la última tarde. "Los empresarios, ganaderos y demás inversionistas se llevan la plata; el pueblo pone los lisiados, heridos y muertos; los políticos aprovechan para hacerse propaganda aún en los capotes y banderiilas de los apréndices de toreros; sigue la fiesta, reflexiona Sixto -desde el kiosko de su casa- la gente se goza el fandango embriagados de licor y sangre con la ingenua convicción que las fiesta será más buena mientras más muertos haya"

Con algo de guayabo después de tres días de fiesta, ese mediodía del Año Nuevo, desde la alcoba de su residencia, Catalino se prepara para hacerle frente a su destino: "llegó la hora, carajo" dijo en voz alta. Nunca se enteraría que Anibal Monterrosa, el ganadero se reservó como último toro de esa última tarde al toro ArrancaTeta.

"Anibal Monterrosa tiene un toro que respeta/ y que hace la fiesta/ ese toro lo llaman en todas las plazas el Arranca Teta/ ábranle las puerta al Arranca Teta/ ábranle la puerta al arranca teta..."

Y la banda pelayera no dejó de tocar.

El último toro de la última tarde
JUANJOSÉ ROMERO PARRA
jjromeroparra@hotmail.com
Cartagena,11 abril 2013