viernes, 18 de octubre de 2013

La camiseta contraria

"Somos una nación violenta, con una herencia de venganza sobre ese pasado reciente o remoto, que nos hace intolerantes, como si cargáramos un pesado miedo a morir o de ser víctima de una injusticia; en cada uno de nosotros reside un mártir y un victimario."


El espectáculo desde siempre ha sido factor de distracción para las hordas populares desde los centros de poder. Egipto y Roma nos enseñaron los postulados del fanatismo religioso y deportivo.

La política como epicentro del poder, conllevó a las diferenciaciones ideológicas dividiéndolas en dos mitades: la liberal y la conservadora, en esas dos grandes bandadas de intereses, se ha venido manejando al mundo occidental hasta nuestros días.

Violencia en el futbol colombiano
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Colombia, consecuencialmente adepta a la manipulación partidista se vino desangrando por las rebatiñas del poder desde la Independencia; dejando un país en crisis y con latente convalecencia de superación (moral y espiritual), para no decir de desarrollo, porque las fanaticadas de rojos y de azules se alzaron en una guerra fratricida, cuyas consecuencias hoy padecemos.

Somos una nación violenta, con una herencia de venganza sobre ese pasado reciente o remoto, que nos hace intolerantes, como si cargáramos un pesado miedo a morir o de ser víctima de una injusticia; en cada uno de nosotros reside un mártir y un victimario.

Los deportes como circos mediáticos han traído esparcimiento y una gran dosis de relajación a las vidas frente a las ya caóticas pero necesarias realidades. Son un gran antídoto contra la preocupación y la monotonía; ya se dice, que hasta en los supramundos Eloines, las criaturas disfrutan su vocación por las competencias, la velocidad y el control de sus eternas vidas en el peligro de la muerte.

Este incompleto sistema humano, por la falta de proporción sobre el bienestar y la compasión, los encuentros deportivos, sirven de excusa para perder la sindéresis sobre la banalidad de un encuentro de equipos en competencia, que en nada debería transformar nuestras existencias, pierdan o ganen. Las gentes salen de los estadios a recordar los oportunos momentos del éxito o de la derrota sin que se vaya más allá de esa emoción del tenso pulseo por un gol, una carrera, un game, una cesta o un k.o.

Ha existido una sensación de celo deportivo entre los cartageneros, barranquilleros y samarios, con el béisbol, el fútbol y el boxeo, sin más consecuencias que unas 'mentadas de madre', una descalabrada o un ojo morado; sin embargo, los seguidores furibundos de los equipos 'interioranos' han traído sus revuelos y escaramuzas todavía sin víctimas fatales que lamentar.

Pero la agitación se encuentra en Bogotá, Medellín y Cali y hasta en la pacifica Bucaramanga, con otras costumbres e idiosincrasias, con unas aprensiones superiores de raza y capacidad económica, como si obedeciera a la persistencia de las guerras entre carteles que manejaron el fútbol; que parecería que no pudieran coexistir en un ambiente abierto y sagrado como los estadios, los vallunos y antioqueños, rolos y santandereanos.

¿A todo eso podría obedecer la latente violencia que dejan los partidos de fútbol? De ella no se escapa región o ciudad. Las guerras viscerales de las urbes entre sociópatas e inmaduros emocionales, se trasladan a los estadios con sus cuchillos, garrotes y piedras para ahogar el pasatiempo de unas familias, tiñendo de dolor lo que era su diversión. Los transgresores de la cordialidad y de la afición, se tornan perseguidos, vilipendiados, llorosos y arrepentidos, luego de sus estúpidas acciones. Todo por la obstinada necesidad de perseguir a muerte la camiseta contraria.

Futbol, violencia,FIFA,
Por Heriberto Martínez Britton
hmartinezbritton@gmail.com





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