viernes, 24 de enero de 2014

Asesinatos por robo de celulares en Colombia

La muerte llama por celular


Para Rubén Moros H.

Como lo absurdo y paradójico es un signo de nuestro tiempo, y el hecho de caer muerto es algo tan normal y cotidiano como el mismo hecho de quedarse dormido, nos resulta no menos estúpido que le cobren a uno la vida por un teléfono celular, sea este de la gama que sea.

Como la vida no tiene precio y los aparatos han alcanzado la categoría de indispensable, al colmo que compita el valor de la cosa con el de la vida del que lo porta, indiscriminadamente se refleja en el índice de homicidios más recurrentes en todo el territorio nacional. No hay estratificación que pueda escapar de esta tragedia, ni condición cultural que evite ser asesinado por ostentar un celular.

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Imágen: www.matadorcartoons.blogspot.com

Las muertes van arrasando todos los sectores de la sociedad, desde Chapinero hasta el Pozón y desde el barrio Obrero hasta el Cabo de la Vela. A largo y ancho de la República pasamos los ciudadanos inermes cargando el objeto que puede llevarnos a la repentina muerte, en buses, teatros, centros comérciales, restaurantes, calles y avenidas de pueblos y ciudades, sea de día o de noche.

El vil asesinato de la estudiante Yurina Paola Ayola Prada, el domingo 03 de marzo 2013 y del amigo Antonio Rafael Torres Puche, el lunes 30 de julio 2012 (y todos aquellos anónimos que engrosan las estadísticas judiciales), por un celular, muestra que el derecho a la vida, a la seguridad y a la protección de los bienes, es letra muerta.

Quizá porqué los atracadores y homicidas de baja estofa no articulan los derechos de los otros o son unos analfabetos de los designios de esas vidas y la entienden como un bien mercantilista conjugado en el verbo de la muerte hasta que alguien también los mata.

La gran brecha de la impunidad reinante que se ensancha más con el síndrome del robo de celulares, viene sembrando tristeza y desconsuelo en las familias colombianas. La Ley 1630 creada para detener la compraventa ilegal de celulares que empezó a regir desde mayo de 2011, no ha servido para nada, hemos visto que tal regulación esta en pañales, porque los centros de acopio y desguazadero de teléfonos están en todos lados y los infelices calanchines del atraco y el homicidio vendiéndolos al mejor postor en las calles, inclusive, de puerta en puerta.

Sabemos que es una industria de carácter trasnacional que opera en Suramérica, pero los muertos son nuestros, como es nuestro, buscar castigo para esta forma de criminalidad. Las otras víctimas  vienen a ser los familiares de los asesinados, impotentes, no ven la reacción institucional para frenar estas muertes, vienen clamando a la ciudadanía no cohonestar con la venta ilegal de celulares y no apelar a la indiferencia, porque todos podemos ser objeto de esta “causa” de muerte.

En la época de mayor desarrollo tecnológico, se ha puesto al alcance de la mano toda una gama de aparatos telefónicos que brindan a la humanidad una mayor cercanía y comodidad en cualquier lugar. La publicidad, el mercado y el snob, han permitido que la familia incluya en la canasta familiar, las facturas, las tarjetas y el número de minutos para cada uno de sus miembros, así como la reposición constante de los viejos modelos, por otros más sofisticados, lujosos y apetecibles para el negocio lucroso y sanguinario de los reducidores de celulares.

Extrañamente, este tiempo de la información mediática, que con la internet y el celular se encuentra en su etapa más cimera, existe una gran desinformación, un gran caos de conocimientos, porque el joven, el ejecutivo y los nuevos profesionales, van perdiendo el don del habla, el arte de la conversación, el interés por el lenguaje y la escritura; ya todo gira alrededor del celular como su otro yo, su cerebro móvil que necesita estar articulado, dándole dedo a la caja que habla, que mira y que canta sola.

Y esa entrega y disposición a ese elemento sin duda singular, resulta cómico y extraño, porque la gente se desconecta del mundo, de la realidad circundante y penetra en la intrascendencia de un chat de amigos en la que todos reunidos en un mismo salón hablan a punta de sus pulgares.

Y peor aún, resulta tal el apego suicida, que no advierten en circunstancias extremas, que la vida pende de un segundo, que la brutalidad y animosidad del asesino no dan tregua y entre el susto y la sorpresa la muerte encuentran por un celular.

Asesinatos por robar celulares en colombia
Por HERIBERTO MARTINEZ BRITTON