lunes, 10 de marzo de 2014

Crónica de una estafa

  "Vallejo: así me estafaron. Ojalá que no le pase a otro." W.White


"Los estafadores me quitaron todo, menos dos cosas: la virginidad y la alegría". Nos Liu (2014)

Desde finales del año pasado los medios masivos de comunicación del país informaron que en las principales avenidas y calles de algunas ciudades colombianas viene operando una banda de mecánicos que estafan con un gato y una caja de herramientas. Los delincuentes se alinean de forma escalonada casi a 50 metros uno del otro, y mediante señas reiterativas hacen creer al conductor que su carro ha sufrido una avería. Cuando éste se baja del vehículo, de inmediato lo aborda un sujeto vestido de mecánico, quien rápidamente se mete debajo del carro y estratégicamente saca un manojo de resortes y chupas reventadas.

El falso mecánico ofrece sus servicios y le advierte al desprevenido conductor sobre los peligros que tendrá si sigue conduciendo su vehículo en tal estado. Ante la amenaza proferida , el conductor accede. Luego, con sutilezas y con una conversación fluida sobre el mundo automotriz, el mecánico conduce a la víctima a una zona aledaña donde dice trabajar, manifestando que no la lleva al propio taller para reducirle los costos de la reparación.

Timothé Bosch

Quien escribe la presente nota, el día 27 de febrero fue víctima de esta banda delincuencial que desde noviembre del año 2012 tiene su centro de operaciones en Cartagena Colombia. A eso de las 9H conducía mi vehículo en total calma y tranquilidad por uno de los carriles centrales del Corredor de Carga, mientras escuchaba el programa de la U. de C. Radio "Música del Patio"; pero a la altura del barrio Ceballos, cincuenta metros después de la cebra, alguien desde la acera izquierda me grita y me hace señales que algo le ha ocurrido a mi carro. De inmediato activo las luces direccionales, y unos metros más adelante entro. Cuando estoy en el último carril de la derecha, una mujer me hace las mismas señas de que algo anda mal en mi vehículo. Me bajo y reviso las llantas, doy la vuelta en redondo al auto, no encuentro nada anormal.

Inicio de nuevo el camino, pero no he recorrido veinte metros cuando aparece un hombre de estatura mediana y vestido de mecánico, haciéndome las mismas indicaciones de las personas anteriores. Me detengo de nuevo. El mecánico rápidamente se mete debajo del carro y saca un resorte y unas chupas reventadas y me las muestra. Me bajo de nuevo y voy hasta donde me insiste el mecánico que está el daño, no quedo del todo convencido del problema; sin embargo lo sigo escuchando. Tiempo suficiente para convencerme de que en verdad algo anda mal. Disuelta mi incredulidad, a causa de mis pocos conocimientos de mecánica automotriz, subimos al carro y me empieza a explicar técnicamente lo que está pasando.

Su acento es una mezcla de pastuso y peruano. Me dice: "Mi rey, su carro está grave". "Yo tengo mi taller aquí diagonal". "Si quiere vamos enseguida". "Dele suavecito", me dice, mientras buscábamos la acera de la izquierda. Con su dedo índice derecho me muestra el taller donde trabaja, pero cuando vamos a entrar en él me hace detener. "Dele reversa". "Vamos a estacionarlo acá abajito para que no le salga tan caro el dañito, mi profe". Accedo a sus palabras sin ninguna objeción. Se baja del carro y me señala exactamente el lugar donde debo parquear. Minutos antes ya me había preguntado para dónde iba y a qué me dedicaba, información que le sirvió de apoyo para entrar en confianza conmigo, mientras realizaba las primeras maniobras de reparación. Fue así como desde ese momento, hasta cuando estuve en el cajero del BBVA de Plaza Colón, acompañado del ayudante y del vendedor, no hubo una orden de los victimarios que no cumpliera al pie de la letra.


Dos horas más tarde llegué a la fatídica conclusión: me estafaron. Un plato de sopa caliente que fié en el restaurante La Boya,  me hizo despertar de la pesadilla que los mecánicos me indujeron en uno de sus talleres itinerantes de automotriz que vienen montando desde el año pasado en la ciudad de Cartagena, y en los que han estafado a un número considerable de conductores de vehículos particulares.

Bajo el sol canicular de ese mediodía del jueves 27 de febrero, seguían resonando en mi embotada cabeza las palabras del mecánico diciéndome: "Dele suave que se la va a salir la llanta", mientras buscábamos la acera de enfrente, casi llegando a La Casa del Tornillo, cien metros antes de la bomba de gasolina que está a unos metros de La Báscula, donde pesan Las Mulas que vienen de todo el país a traer mercancías al Puerto de Cartagena. Y donde muy cerca está ubicada una estación de la SIJIN dedicada a investigar todo lo relacionado con el hurto de automóviles y sus partes. También, en este sector, a unos 800 metros antes y diagonal a esta unidad investigativa de la SIJIN, está el tradicional CAI (Estación de Policia de atención rápida) de Ceballos, anclado a la derecha en la conocida Transversal 54 que empalma con La Avenida Crisanto Luque, y por la que circulan cientos de personas por minuto. Allí, en esa concurrida zona de la ciudad, un hombre disfrazado de mecánico, de acento peruano y apodado "El Guajiro", con dos acompañantes más, valiéndose de artimañas me quitaron 960.000 pesos y un anillo de oro adornado con circones, valiéndose de los efectos de una sustancia, que al juzgar por mi estado de absoluta obediencia, me dieron dosificadamente mientras reparaban el daño de mi vehículo.

El carro, finalmente, quedó estacionado al lado de Fundiciones Tafur, una vieja casa en la que alguna vez funcionó este negocio y que ahora sólo quedaba el aviso y un reguero de tablas viejas, y desde donde minutos más tarde surgiría Morocho como un “ángel de Dios” para decirme que me quitara el anillo por lo peligroso del lugar. Sin dudar del muchacho, me quité la prenda y la deposité en el vasito que los sanderos (automóvil Renault)  traen al lado del encendedor de cigarrillos, y la cual no encontré allí cuando salí del éxtasis al que estuve sometido.

Muchos a quienes he contado esta historia me han dicho que "a mí también me la querían hacer el otro día por los lados de La Terminal de Transporte". "Que esa modalidad es vieja", como me dijo Yadira Díaz, al tiempo que agregaba: "Tú estás jodido". Pero también es cierto que a otros les ha servido de algún modo lo inverosímil del relato. Como es el caso de Jaime Silva, de Jorge Piña y de muchos otros compañeros, amigos y familiares que han escuchado atentos los detalles de cómo esta banda de estafadores lleva a cabo su cometido . Y cuya historia ahora escribo, para todos aquellos conductores ingenuos como yo, y, en especial, para Adalberto García Paternina, a quien después de contarle en el parqueadero del INEM (Institución Educativa José Manuel Rodríguez Torices INEM Cartagena) lo sucedido, sorprendido expresó: "¡Esos son los mismos que la semana pasada, llegando a la Bomba del Amparo, me la aplicaron con 460.000 pesos, profesor Wilson!", al tiempo que describía con detalles a los tres mecánicos y el proceso de la reparación. Al instante por mi mente desfilaron las mismas imágenes, tal como las refería el matemático de Arjona. Fue entonces cuando le dije: ¿ Y usted por qué no me contó eso? "Porque usted nunca tiene tiempo", dio la vuelta y se fue para clases.

Las primeras órdenes del "mecánico" cristalizaban de inmediato en mi mente. Me dijo: "levante, profesor, la palanca del capó". Así lo hice. Lo abrió y lo cerró sin decir nada. Luego me ordenó que pisara hasta el fondo el freno. "No lo suelte", me dijo, mientras se metía debajo del carro con un plástico que le había prestado. "Gire el timón a la derecha y no lo suelte hasta que yo le diga", volvió a ordenar. El seguía debajo del carro manipulando algo que yo no distinguía, mientras permanecía con el pié puesto en el freno todo el tiempo y sin poder salir del carro. De nuevo me ordena que gire el timón a la izquierda y que no lo suelte hasta que él me indique y que no deje de pisar el freno. Ahora se pasa a la otra llanta. Hace lo mismo. Sale y me pide 30.000 pesos para comprar grasa. Va y vuelve con ella. Se desliza otra vez debajo del carro. Llega un nuevo mecánico con una caja de herramientas de color azul. Cruzan algunas palabras. A este se le nota más el acento peruano. ¿Cómo le fue?, le pregunta el que está debajo. "Bien", responde el otro. "Dice el patrón que vaya usted a supervisar el trabajo", continúa diciendo el ayudante. "Bueno, déjeme terminar aquí", replica el mecánico. "Tenga bien el timón, profesor, y no deje de pisar el freno", me vuelve a decir. El ayudante se queda y él se va.

Mientras el "mecánico va y regresa", el otro me dice que prenda el aire porque hace mucho calor, se sienta a mi lado. No para de hablar. Pregunta y responde al mismo tiempo. Se nota sereno e inspira confianza. Regresa el mecánico con otro hombre de 1.60 mts de estatura de camisa blanca con logos de una empresa que no alcanzo a distinguir. Este me dice que el "mecánico" le ha dicho que yo soy su cliente, por lo que los repuestos costarán un poco menos que en el almacén. Sentado a mi lado la cuenta de los repuestos en la calculadora de su celular y me los muestra. Alcanzo a leer en uno de ellos la marca Renault. "Son originales", me dice. Ya hemos verificado en el sistema el modelo de su carro. Es 2011", agrega y pasa rápidamente las piezas al mecánico, quien se mete de nuevo bajo el carro.

 "El valor total de la mercancía es de 976.000 pesos, incluyendo el IVA", me advierte, y luego agrega que " si le pago en efectivo me sale por 750.000, y así me evito el impuesto". Le digo que deje todo en 700.000. Se rehúsa. Me pregunta que si tengo algo en efectivo, y le entrego 200.000 que llevo en el bolsillo derecho del pantalón. Luego, hace una llamada en la que pide permiso al jefe para que le autorice quedarse a esperar que cambien las piezas, para después ir al cajero conmigo por el saldo de los 550.000. Así lo hace.

Yo sigo maniobrando el timón de un lado al otro y pisando el freno tal como me lo sigue ordenando ahora el "ayudante". Este y el "vendedor" conversan a lado y lado de las puertas delanteras del vehículo, mientras que el "mecánico" sigue en la faena de cambiar las piezas dañadas. Al cabo de un rato, sale y me las muestra por un instante, diciéndome que están inservibles. Las veo fugazmente. Así como vi a Morocho cuando me dijo lo del anillo y se sentó un instante a mi lado para decirme que a uno de los de su promoción lo habían matado y que otros estaban en Ternera. Me dio algunos apellidos y apodos que no alcancé a relacionar en el momento. Después no lo vi más, hasta el día siguiente que en compañía de Blanquiceth fui a buscarlo a su casa de Ceballos, donde nos dijeron que estaba trabajando en la demolición de la casa en la que funcionó por mucho tiempo "Fundiciones Tafur". Allí lo encontramos en medio de un montón de láminas de eternit rotas y de un reguero de tablas con clavos tirabas por todas partes. Tenía unos guantes de tela ennegrecidos, los mismos que llevaba el día anterior cuando me advirtió lo del anillo. Nos dijo que los mecánicos han estado otras veces por ahí arreglando otros carros, pero que nos los conoce, salvo en el día de ayer que uno de ellos le dio el número del celular.

Las cuentas de la reparación cuadraron exactas con lo que llevaba en efectivo y lo que tenía en el cajero. Por un lado los repuestos valían 750.000; por otro, el servicio de reparación 120.000 pesos. En este valor me rebajaron 20.000. Pero al momento de salir para el cajero, cuando estamos tomando El Corredor de Carga, "El Guajiro" le dice al "ayudante" que se han olvidado los cauchos guarda polvos, los cuales valen 80.000, pero que a él se los han dejado en cincuenta mil. Sacó por segunda vez la cartera y le entrego al "Guajiro" un billete de 50, quien se baja del carro y deja a sus compañeros conmigo para que termine de entregarles el resto de dinero.

Al momento de pasar por el Taller Remachada de Bandas, el ayudante expresa: "ese es el tallercito donde nosotros trabajamos". Presto poca atención a esto y me enrumbo con los dos ocupantes hacia la zona bancaria de El Bosque, lugar donde no encontramos cajeros del BBVA. Uno de ellos me dice que hay uno de Bancolombia, le responde que cobran muy alta la comisión. En Plaza Colón hay uno, agrego. Al momento de pasar el peaje de Ceballos les insisto sobre una tarjeta de presentación que me han estado ofreciendo desde el mismo momento en que iniciaron la operación de desvare. El vendedor, quien iba de pasajero en el puesto de adelante conmigo, me dice que mejor me da el número de su celular, para esto me pide el mío y me timbra. Logro registrarlo en mi SIM (Móvil) como vendedor.

De nuevo sufro una especie de pérdida momentánea de la memoria, igual a la que tuve cuando el vendedor me mostró la marca Renault de los repuestos, y que sólo recobré cuando él mismo me dijo que fuéramos al cajero, pero que al momento de requisarme los bolsillos no encontré la cartera. Fui hasta el baúl del carro, creyendo haberla dejado allí. Pero El Guajiro me recuerda que hace un momento yo le había entregado 30.000 para la grasa y que los había sacado de la billetera. Recorrí entonces todo el interior del carro hasta llegar a la guantera, donde afortunadamente estaba, y de cuyo lugar minutos antes se había quitado el vendedor. De inmediato emprendimos el viaje al cajero, al tiempo que el mecánico me decía "se le está haciendo tarde, profe". Pero, a pesar de mi estado de alelamiento, me preguntaba por qué el dinero que tenía en efectivo, más el de la tarjeta, cuadraban exactamente con el valor de los materiales y de la mano de obra. ¿Por qué las cifras eran exactamente iguales una con otra? ¿ Tal vez porque extrajeron de la cartera el último recibo de pago en el cual decía la cantidad disponible?

El mismo día 28 de febrero, después que con Blanquiceth estuve donde Morocho, hice el recorrido de los hechos en compañía de una patrulla de la SIJIN. De esta acción se establecieron algunas conclusiones e hipótesis. Primeramente, no existen en la zona bancaria del Centro Comercial Plaza Colón cámaras u otros elementos tecnológicos que permitan registrar información válida para dar con las pistas de malhechores que operan en este lugar. En segunda instancia, el personal de vigilancia del mencionado centro comercial, permanece distraído en otras funciones, mientras que ante sus narices se llevan a cabo hechos delictivos. Y en tercer lugar, el cajero automático del BBVA, en el que le entregué al vendedor la suma de 500.000 pesos, producto de dos transacciones, no posee cámaras desde otros ángulos diferente al frontal que es desde donde se toma la foto a quien realiza cualquier tipo de operaciones.

Por el lado de las hipótesis, era posible pensar que la Banda de los Mecánicos seguiría operando en la ciudad en los mismos lugares donde lo había venido haciendo, puesto que ninguna de las víctimas hasta ese momento no había interpuesto denuncia alguna contra ellos; por lo tanto, sectores como la carretera de Albornoz, La Terminal de Transporte, La Bomba del Amparo, Ceballos y la Quinta, seguirían siendo los escenarios propicios para continuar con su taller de automotriz itinerante.

Esta hipótesis quedó comprobada el día 4 de marzo del año en curso, cuando una patrulla del cuadrante del barrio de La Quinta sorprendió a los falsos mecánicos tratando de "ayudar" a un incauto conductor, cuyo vehículo, según ellos, había sufrido una avería, pero éste se negó a denunciarlos por razones que se desconocen, y, en consecuencia, la policía tuvo que dejarlos en libertad.

Al día siguiente de la ocurrencia de estos hechos, me comuniqué con la patrulla que realizó la operación para manifestarles que el mismo 27 de febrero había dado parte al CAI de Ceballos y que, de igual manera, el día 3 de marzo había hecho lo propio ante la sala de denuncias de la SIJIN. La respuesta por parte de los patrulleros fue categórica: "No se puede retener a ningún ciudadano si no hay denuncia debidamente oficializada contra él". Pero, al confrontar los argumentos del patrullero con los de otras fuentes, pregunto: ¿Cómo supieron los patrulleros que estos señores no tenían antecedentes ni denuncias contra ellos, si se desconocen sus identidades, puesto que no existen registros de ellas en el CAI que corresponde a la circunscripción donde se dio la captura? Además, los uniformados encargados de la operación, tampoco radiaron a otros CAI de la ciudad para corroborar si había quejas contra los integrantes de La Banda los Mecánicos, la cual lleva varios meses operando en Cartagena. En la conversación que sostuve con el Patrullero García le pedí las identidades de los mecánicos para ampliar la denuncia ante la SIJIN, pero esto tampoco fue posible.

Siendo así, sólo resta esperar que alguien los vea de nuevo por ahí con la caja de herramientas y el gato angola que los acompaña, tratando de ayudar a un conductor incauto que ha perdido la noción del tiempo al son de un vallenato de “Música del Patio”. También sería una bonita oportunidad para preguntarles cómo lograron establecer que las cantidades de dinero en efectivo y virtual que llevaba, correspondieran exactamente con las cuentas de ellos; a tal punto, que en el restaurante La Boya tuve que fiar el almuerzo ese día. Además para agradecerles infinitamente por la excelente engrasada que le hicieron a los terminales del carro y por haberme dejado vivo y pode así contar esta historia.

Sin embargo, no hubo que esperar el milagro, ya que el día domingo de 9 de marzo, siendo las 12H , recibo una llamada en la que me alertaron que los estafadores se encontraban por los lados de la Terminal de Transporte tratando de desvarar un auto Hyundai negro de placas JPG 869, y cuyo conductor era un inocente joven que paseaba plácidamente ese día de elecciones por ahí, cuando fue interceptado y conducido por los falsos mecánicos al callejón aledaño a Drogas La Rebaja . Minutos después fueron sorprendidos por la patrulla del cuadrante de Villas de La Candelaria y conducidos al CAI de El Pozón, hasta donde fui a reconocerlos.

Pero a estas a estas horas, muy seguramente, Franklin More Zárate y Pier Paolo Paulini Florian, estarán pasando la frontera rumbo a Perú de donde son oriundos, ya que ayer mismo quedaron en libertad por falta de pruebas.

Mientras termino esta nota, voy saliendo para La Fiscalía, con el fin de ampliar la denuncia que interpuse hace ocho días ante la SIJIN, a ver, si por fin, las autoridades pueden ponerlos a buen recaudo.

Cartagena, marzo 10 de 2014.

El abc de la estafa en ColombiaWilson E. Blanco Narváez
wilblanco4@hotmail.com
Crónica urbana