sábado, 22 de agosto de 2020

La letra con sangre entra

A los niños de mi generación nos quisieron inculcar el hábito de la lectura con textos insufribles y obligatorios como La araucana, La odisea o El cantar de Mio Cid. Eso es como pretender que alguien le pierda el miedo al agua lanzándolo a un estanque junto con un caimán. Y no contentos con eso, quizá para hacer más tenebroso el asunto, los profesores se encargaban de arrojar al estanque uno que otro tiburón; es decir, luego de la lectura (que ya de por sí era una pesadilla) los niños debían además hacer el análisis literario de esas obras. Tiempo después —cuando ya no había remedio— tenían el descaro de preocuparse por el bajo promedio de lectura de los jóvenes.

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¡Pero acaso qué esperaban! Pues claro que le íbamos a huir a los libros, si desde pequeños nos enseñaron que son una especie de tortura y no ventanas que nos permiten asomarnos a otros universos. Borges creía que la lectura debía ser una de las formas de la felicidad y por eso veía como un contrasentido forzar a alguien a leer; creía que hablar de lectura obligatoria era como hablar de amor obligatorio: un disparate. Sin embargo, ese disparate se ha extendido por las escuelas de manera infame por generaciones. No señor, la letra con sangre no entra; queda en forma de cicatriz, que es muy diferente. Es casi como decir que el amor se mete.

En este punto debo decirles a padres y sobre todo a profesores que ya estuvo bueno de aquello; que por favor salgan de una buena vez de la comodidad de usar el mismo programa y material año tras año, que se atrevan a otras cosas. Que ayuden a que los niños vuelen, a que lean lo que a ellos les dé la gana, que se acerquen a los libros de la misma forma en que se acercan a un balón, y no a un jarrón antiguo que se puede romper. Déjenlos leer Harry Potter o Divergente o cualquiera de las sagas de Hombres Lobos y Vampiros o lo que a ellos se les ocurra. Al fin y al cabo, como dijo García Márquez, nadie llega a los libros a través de la buena literatura, sino a través de la curiosidad. La buena literatura (que además es un tema tan amplio y subjetivo) ya vendrá después.

Y no pierdan el tiempo con análisis literarios con formatos de los tiempos de la carreta. La literatura no es una rama de la biología en la que hay que diseccionar argumentos o catalogar personajes o colgar en alfileres inicios, nudos y finales. Dejen que los niños vivan la experiencia de sus libros y que luego hablen libremente de ella, que cuenten lo que quieran contar, que se apropien de la lectura y de la trama y de los personajes y que imaginen otros mundos y otros desenlaces y que al final queden con hambre de más. En definitiva, que no les corten las alas.

Si no se hace de esa manera, lo que se logra es que luego, con los años, vamos a tener adultos convencidos de que la lectura no es como el sano desayuno diario, sino que es una tarea titánica, una hazaña inimaginable de la cual hay que presumir en todas las redes sociales y medios disponibles. Van a creer que el mero esfuerzo de haber leído así sea solo un fragmento, ya los hace superiores al resto. Y, como se ha visto, al final quedamos todos condenados a ver centenares de fotos de libros. Porque aquellos niños cercenados, hoy adultos chicaneros, terminan creyendo que lo importante es publicar la foto; mientras que lo otro, leer el libro, queda convertido en un evento si acaso opcional.

Guido Polo Nule @xnulex
Especial para docenteinem.org

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